Ya debo empezar a trabajar sobre el cuento corto, el minúsculo, aquél que no pasa de una cuartilla. Sé que será difícil, acostumbrado como estoy a extenderme en mis explicaciones. Por lo pronto, mi realización más larga a la fecha. Mi dama.
MI DAMA DE BLANCO
No sé porque hago este relato. Si es una confesión, una respuesta a esos charlatanes que escriben lo que no saben o simplemente el querer dar por terminada esa famosa leyenda de “La Dama de Blanco” como la llamó algún pretendido historiador. La historia es también conocida por el vulgo como “La Aparecida de la Pérgola” y ha sido el cuento de terror preferido entre los niños, jóvenes y adultos de Los Mochis desde hace décadas.
Mi nombre no tiene importancia y por cierto no lo diré. Aún viven personas involucradas en la historia y no es el caso arrojarlas al juicio popular. Si son tan crédulos como para dar por cierta a la manoseada leyenda, seguramente podrán darle a éste escrito el crédito que se merece.
Para pasar a las letras mi relato, me he apoyado en la discreción y buen juicio de un gran amigo. El guardará algunos secretos que le confié y contará los hechos en la forma que le plazca. Me dice que lo hará en forma novelada, en tercera persona y no como una narración directa, de mi boca. Que así sea, lo único que me interesa es que la verdad salga a la luz.
Para estos fines, debo llamarme de algún modo. ¿Qué les parece Martín Hernández? Bien, con ese nombre apareceré en adelante y por supuesto, todos los demás que aparezcan serán figurados. Y aquí inicio la verdadera historia de la Dama de Blanco ó Aparecida de la Pérgola. Por cierto, habrán de notar que en mi narración no consigno ninguna fecha, sin embargo, si leen con atención mis palabras, es posible que logren identificar algunos personajes y hechos. Todo comenzó hace muchos años, en la Ciudad de México:
-¡Caramba, Sr. Hernández! No pensé que fuera tan joven…
-Bueno Licenciado, puede ser que lo parezca, pero ya tengo 24 años…
-Así es, Martín ¿puedo llamarle así? Llegué a pensar que este asunto ocupaba de una persona un poco más madura, pero las recomendaciones que tengo me dan la certidumbre de que usted es el indicado para ésta importante investigación.
-Licenciado, puede usted tener la confianza en que pondré todo mi empeño y profesionalismo para resolver éste caso y si gusta, podemos pasar a los detalles…
-Muy bien. Mire Martín. Puede ser algo sin importancia, pero ya han sido muchas casualidades y cuando éstas se están repitiendo, me empiezan a intranquilizar. En año y medio se nos han evaporado sin dejar rastro, tres agentes viajeros visitadores médicos de nuestra empresa farmacéutica. Sus familias con toda razón están preocupadas y para ser sinceros, si se nos va un agente con su maletín lleno de muestras médicas y su cartera con el dinero de los viáticos, no nos quita el sueño, pero si ellos no se reportan con sus familias, entonces quiere decir que ha pasado algo más grave. Esa será su misión. Investigar qué les ha ocurrido.
-¿Han dado aviso a las autoridades?
-Eso fue lo primero que hicimos, sin llegar a nada. Resulta que nos ha pasado que cuanto más cerca de la frontera es el trabajo, más deserciones tenemos de nuestro personal viajero. Simplemente pasan la línea y se van a trabajar a los Estados Unidos, pero en ése caso informan a sus familiares y éstos ya no nos inquieren sobre ellos. Por tal motivo, la Policía nos dice que seguramente desertaron, se nos fueron y ya aparecerán algún día.
-¿Sólo ésta empresa presenta dicho problema?
-Martin, me impresiona usted. Brillante pregunta. Efectivamente, no somos los únicos, hay otros tres casos de dos empresas rivales y curiosamente, usted sabrá si el dato es relevante, pero uno más de los representantes que se consideraban desaparecidos, ha sido encontrado en Tepic, Nayarit completamente loco, con apariencia de vagabundo. Al parecer caminó 700 Km. a lo largo de la carretera desde Los Mochis, a donde había sido asignado.
-Los Mochis. Eso está al norte de Sinaloa, ¿Verdad?
-Así es. Es una plaza interesante para nosotros, no sólo porque día a día va creciendo a pasos agigantados, sino porque es el centro de varias poblaciones de la sierra y la costa. Le daré otro dato: La persona que fue encontrada en Nayarit no dejaba de repetir: “Ella, Mochis” está de plano en otro mundo y si no fuera porque un compañero suyo lo reconoció en la calle, aún andaría deambulando.
-¿Tendrá algún otro dato que pueda servir a la investigación?
-Bueno, verá usted. Nuestros representantes reciben una generosa cantidad de dinero para sus gastos de viaje, lo que les permite llegar a los mejores hoteles, y comer en restaurantes de primera. Sabemos que en Los Mochis, en donde presumimos que están desapareciendo, llegan al Hotel “Montecarlo”. Tenemos un telegrama enviado por uno de nuestros muchachos donde nos dice que se hospedó ahí, pero al ponernos en contacto con representantes del hotel, nos aseguran que no tienen registrado a ninguno de ellos.
- Ahí tenemos algo que no encaja…
-Hay tres plazas hacia donde puede usted dirigir también su búsqueda: El Fuerte, Sinaloa de Leyva y Guasave. Son poblaciones en donde nuestros agentes a veces requieren pernoctar por estar un poco alejadas de Los Mochis. Le daré un registro de fechas, itinerarios, fotografías y todo lo que esté a nuestra disposición sobre éste caso. Y no tengo más que agregar, sólo desearle éxito y que por favor se cuide mucho. La secretaria le dará un sobre con sus gastos y un oficio de comisión, por si tuviera algún problema en el curso de sus pesquisas.
Cansado, Martín bajó del autobús en la terminal de Los Mochis. Sentía en sus ropas el olor típico del sudor, aceite quemado de motor, vómitos de niño y una mezcla de comidas de todos tipos. Asqueado, caminó hacia la puerta de la calle conteniendo la respiración. Llevaba los accesorios usuales de un agente viajero. Una maleta de tamaño mediano con sus efectos personales y el portafolio proporcionado por el Laboratorio. Durante el viaje, estuvo estudiando cada uno de los productos medicinales, no fuera a ser que necesitara usar esos conocimientos.
-¡Taxi, joven! Le salió al paso un individuo con sombrero a la Gardel y curiosa vestimenta: Pantalón bombacho oscuro, fajado alto y camisa floja de puños apretados: La ropa parecía dos tallas mayores que la requerida y completaba la imagen un juego de cinto y zapatos blancos. Casi sin esperar la aprobación, tomó sus maletas, las colocó en el asiento delantero del anticuado auto y abrió la puerta trasera.
-Usted nada más diga a donde y llegamos rápido. Dijo el taxista sonriendo y dejando ver un diente de oro por el espejo retrovisor. Encima de su labio superior, llevaba una angosta línea de pelos cortados al milímetro que pretendía ser un bigote de chulo de barrio.
-Lléveme al Hotel Montecarlo, por favor.
-Si hubiera mencionado otro hotel, yo le hubiera recomendado ése. El mejor de Mochis, sin discusión. ¿Viene por mucho tiempo?
-Debo hacer unas visitas. No sé cuanto tiempo me tome.
-Bueno, pues dio con la persona adecuada. Yo estoy casi siempre fuera del “Montecarlo”. Nomás pregunte por “El Rafa” y si estoy disponible, lo llevaré a donde quiera. Y si quiere divertirse, hay muchos lugares donde hacerlo. Nada menos, ahora hay baile en “La Pérgola” y se ponen muy alegres. Ahí se reúnen las muchachas más bonitas de Mochis y les encantan los fuereños.
-¿”Pérgola”? Conozco las pérgolas, pero no me imagino ésta, ¿Cómo es?
- Seguramente se dio cuenta del cerro que está a la llegada. Es el “Cerro de la Memoria” ahí, subiendo un poco, hay una terraza al aire libre que hicieron sobre el depósito del agua potable. De un tiempo acá, se organizan bailes a donde va gente de todas las clases sociales. Y aparte de que la música y el ambiente es alegre, las muchachas son liberales y van un poco más allá que en otros lugares. Si se decide, yo lo llevo. Las nueve de la noche es una buena hora para ir.
-Bueno, ya veré. Primero necesito darme un buen baño y descansar.
-¿Es su primera visita a Los Mochis? Preguntó el recepcionista del hotel.
-Así es, permaneceré aquí varios días.
-Pues sea usted bienvenido. Estamos para servirle, mi nombre es Lucas. Si necesita algo no dude en llamarnos. Es sábado y habrá diversión. Este pueblo es muy alegre y fiestero. Yo le recomiendo que vaya al baile de “La Pérgola”. No se arrepentirá.
-¡Vaya! Parece que dicho baile es de lo más popular, pues el taxista también me lo recomendó…
-¿”El Rafa”? dijo el recepcionista. –Ya lo creo de él. Es capaz de invitarlo al infierno sólo para ganarse unos pesos con su destartalado taxi, pero esta vez tiene razón. No puede irse de Mochis sin haber disfrutado una fiesta en “La Pérgola” ¡Verá que muchachas tenemos aquí!
-¡Ah, Lucas! Antes de que se me olvide. Voy a mostrarle unas fotos de unos compañeros que han venido a Los Mochis, probablemente a éste hotel y hay personas preocupadas porque no se sabe de ellos.
Lucas observó las fotos detenidamente. Martín notó un ligero temblor en la mano derecha y luego la mirada huidiza del sujeto cuando le preguntó:
-¿Los conoce? ¿Los habrá visto en alguna ocasión?
-Eh… No, no creo, aquí viene mucha gente, yo los recordaría si… pero no, no los he visto jamás…
-Bueno, es todo, sólo le pregunté por si acaso…
Martín tomó un buen duchazo y pasó buena parte de la tarde durmiendo bajo el ronroneo del abanico de techo y los ruidos que por la ventana abierta entraban al cuarto desde la calle.
Pasó el resto del día visitando farmacias. Cuando les mostraba las fotos, algunos de ellos eran reconocidos, otros no. La investigación por este flanco no le estaba dando resultados, pero debía agotar esa línea.
Moría la tarde cuando llegó al Restaurant “Pacífico” a una cuadra del hotel. Tomó una cena ligera. Aprovechó el momento para enseñarle las fotos al mesero, con resultados negativos. Cuando cruzaba la calle para ingresar al hotel, lo atajó “El Rafa” el taxista.
-¡Que pasó! ¿Ya se animó?
-¿Yo? ¿De qué? No entiendo.
-¡Que si va a ir al baile de “La Pérgola”, el que le dije!
-¡Ah, sí! Bueno, pues creo que sí iré… ¿a las nueve?
-Un poco antes, paso por usted. No se arrepentirá…
El taxi iba dando tumbos. Las calles de Los Mochis eran muy anchas, pero sumamente descuidadas. Pasada la temporada de lluvias, todo había quedado hecho un desastre. Había una luna blanca, enorme, que iluminaba todo casi como si fuese de día.
El baile no había llenado sus expectativas. La música era bastante ruidosa, con la banda tradicional. No quería imaginarse cómo sería si fuera un local cerrado, probablemente se vendría abajo con el estruendo. Las mujeres eran demasiado jóvenes ó demasiado viejas para su edad. No encontró ninguna de su agrado. “El Rafa” le dijo que estaría dando viajes para llevar gente al baile y que sólo esperara un momento cuando quisiera irse.
Se dirigió a la entrada para escabullirse. En eso estaba cuando apareció la mujer más bella que sus ojos hubieran visto jamás. Parecía sacada de un catálogo de novias. Un largo vestido blanco aperlado con un elegante chal sobre sus hombros. Su piel blanquísima se veía como nácar bajo la luz de la Luna. Unas ligeras sombras en sus ojeras realzaban su aire de majestad misteriosa. El largo pelo castaño caía en guedejas hacia el pecho en donde yacía un pequeño crucifijo entre dos hermosas colinas. Sus grandes ojos claros estaban guarnecidos de largas y tupidas pestañas y más arriba unas cejas de fino corte. No pudo dejar de notar la perfección de su barbilla, su nariz, sus pómulos. Toda ella digna de ser pintada por el mejor de los maestros. Su esbelto cuerpo delineado por el albo vestido era ceñido hasta las caderas y suelto hasta casi tocar el suelo. Al caminar parecía deslizarse. Sin embargo, trastabilló un poco con las piedrecillas que había en la entrada.
Martín atento, le ofreció su brazo que ella gustosa enlazó agradeciéndole con una bella sonrisa. Llegaron hasta el centro de la pista y ella graciosamente colocó su mano en el hombro de Martín invitándolo con ése ademán a bailar. La banda tocaba a ritmo de Fox-trot a la que se acoplaron perfectamente en las evoluciones del baile. Siguieron unos valses que fueron impecablemente seguidos por la pareja continuando así hasta el fin de la tanda. Siguieron bailando el resto de la noche. En los momentos en que la música enmudecía, se dedicaban a contemplarse y hablaban muy poco. Se llamaba Isabel. Sonrió cuando le dio su nombre:
-¿Martín? Me gusta, me encanta ése nombre. Dijo con voz acariciadora.
El se sentía transportado al Paraíso. Siempre se había creído desdeñado por las mujeres y he aquí que un ángel bajado del mismísimo Cielo, lo acompañaba y mostraba interés en él. Como un zorro acechante, para no espantar a la paloma, Martín se mostraba cuidadoso al elegir sus palabras.
-Isabel. ¿Te gusta la poesía?
-Me encanta, sobre todo cuando es apropiada al momento…
-Veamos si te gusta ésta, dijo Martín señalando una nube que pasaba lentamente cerca de la Luna:
“Ayer estaba mi amor como aquella nube blanca que va tan sola en el cielo y tan alta, como aquella que ahora pasa junto a la luna de plata.
Nube blanca, que vas tan sola en el cielo y tan alta, junto a la luna de plata, vendrás a parar mañana, igual que mi amor, en agua, en agua del mar amarga.
Mi amor tiene el ritornelo del agua, que, sin cesar, en nubes sube hasta el cielo y en lluvia baja hasta el mar.
El agua, aquel ritornelo, de mi amor, que, sin cesar, en sueños sube hasta el cielo y en llanto baja hasta el mar.”
-¡Martín, es preciosa! Dijo alborozada Isabel al tiempo que lo abrazaba y le daba un cálido y estremecedor beso en su boca. Martín quedó casi paralizado con una extraña emoción. La abrazó con gran ternura y devolvió el beso en forma lenta y sensual. Sintió el temblor de Isabel y pensando que tenía frío la arropó amorosamente con su saco.
El baile terminaba y se encaminaron a la salida. Ahí estaba “El Rafa” con una amplia sonrisa invitando a la pareja a pasar a su auto. Durante el viaje de regreso no despegaron sus labios uno del otro. Fue un beso tan largo como el camino, pero para Martín fue tan corto como un suspiro. Finalmente hubieron de separarse después de un buen rato de estar parado el taxi frente a la casa de Isabel. Tampoco sintió Martín el viaje de regreso al hotel ni cuando llegó a su cuarto donde quedó dormido sin desvestirse y soñando con un mundo hermoso hecho especialmente para él.
Al día siguiente, domingo a media mañana, salió Martín bañado y vestido con un fino traje de lino blanco. Su cara denotaba alegría y ansias de vivir. En el bolsillo interior de su saco, llevaba un papel en donde escribió, con su mejor caligrafía, el poema que tanto había gustado a Isabel cuando se lo dijo en encendidos versos la noche anterior, sólo que ahora llevaba su título: “Como Aquella Nube Blanca” y el crédito a su autor, León Felipe. Buscó a “El Rafa” hasta que lo encontró comiendo mariscos en un puesto cerca del hotel.
-Buenos días, patrón. ¿Lo llevo a ya sabe donde?
-Jajá, tú si sabes. Claro, llévame. Ella se quedó con mi saco y eso es un buen pretexto para verla.
-Pues cuidado, jefe, una cosa son las mujeres arregladitas para el baile y otra cuando están de fachas en su casa.
-¡Oh, ya calla y llévame! No me harás perder la ilusión de ver su belleza.
Cuando llegaron a la casa, pidió al taxista que esperara por si tenían que salir a algún lado. Se compuso el saco, se quitó alguna pelusa imaginaria de la manga, pasó su mano por el cabello, tragó saliva y por fin se decidió a tocar la puerta. Al tercer toque, apareció una señora de edad madura.
-Buenos días joven, ¿en que le puedo servir?
-Buenos días señora, eh… busco a Isabel… ¿Si? …por favor…
-¡Oiga! ¿Qué le pasa? ¿Viene a burlarse del dolor de una pobre madre?
-¡No señora! ¡De ninguna manera! Discúlpeme, sólo vengo a buscar a Isabel, ¿Esta es su casa, No?
-Le repito muchacho. No sé cual sea su intención…
-Señora, anoche acompañé a Isabel hasta ésta puerta, ella entró aquí…
-¡Ay Dios! Entre joven, por favor. Vamos a platicar.
-Dígame, ¿dónde la conoció?
-Anoche, en el baile de “La Pérgola”…
-¿Cómo iba vestida?
-Un vestido blanco, largo, llevaba un chal y un pequeño tocado de florecillas blancas en el cabello…
-Mire ésta foto. ¿Iba igual?
-¡Sí, sí, es ella! ¡El mismo vestido!
La señora se sentó en un sillón dando muestras de agitación…
-¡Ay no, Dios mío! ¡Ya déjala en Paz! ¡Ten Misericordia!
-¡Señora! ¿Qué pasa? ¡Dígame por favor!
-¡Ella esta muerta! ¡Muerta desde hace cinco años! Hay veces que regresa, que se muestra, algunos la han visto, ¡Su Alma no descansa en Paz!
-¡Señora, no es posible!
-¡Ay joven, que más quisiera yo!... ¿Está el taxi fuera? ¡Venga, vamos! ¡Lo llevaré con mi Isabel!
Regresaron a “La Pérgola” Ahí abajo, a unos pasos está el viejo panteón de Los Mochis. Penetraron por una puerta lateral y a unos pasos del cerco, estaba una bien cuidada tumba. Una placa grabada en mármol blanco decía “Para Isabel, nuestra hija, nuestra hermana. Descanse en Paz”. Luego, abajo, la fecha de cinco años atrás. Martín sintió un mareo y estuvo a punto de caer, cuando vio colgando sobre la cruz, su saco, el que había prestado a Isabel. La señora lloró un momento y musitó algunas oraciones. Martín, consternado, no acertaba a decir palabra alguna.
Salieron del panteón, volvieron a la casa. Martín se dejó conducir a la mesa, donde se sentó y la señora le preparó un té de olor indefinido que el abatido joven bebió en pequeños sorbos. Mientras, la señora le contaba algunas cosas sobre la muerte de su hija.
-Era bellísima mi niña, le encantaba bailar, lo hacía muy bien. Aquella noche, ella estaba un poco afectada por un resfriado. Aún así quiso ir al baile. No debí haberlo permitido. La niebla, el frío, las bebidas heladas la afectaron tanto que se le declaró una pulmonía. Fue tan rápida, en cuatro días mi querida hija dio su último suspiro. Desde entonces lloro y rezo todos los días. Martín trató de responder algo, pero su lengua, al igual que sus párpados pesaban como plomo. Quiso levantar una mano, pero cayó floja sobre su regazo. Finalmente, su cabeza se apoyó en la mesa y la señora hizo una seña de aprobación a “El Rafa” que se encontraba detrás de Martín.
-Ya cayó, ahora ayúdame a llevarlo al cuarto de enseguida mientras vemos lo que hacemos con él.
Lo acostaron en una cama donde lo dejaron durmiendo tranquilamente. Más tarde, cuando la oscuridad ya era cerrada, Martín, despertó y trató de moverse, pero le fue imposible. Oyó un ruido en la puerta y leves pisadas. Sintió que alguien se sentó en la cama y luego una respiración muy cerca de su cara. Unos labios cálidos se posaron en los suyos y reconoció los dulces besos de su bella fantasma. No sintió miedo, al contrario una emoción lo recorrió y pensando que había muerto, agradeció al Señor el premio concedido. Ella lo siguió besando y le susurró al oído palabras de conmiseración.
-Perdóname cariño. Realmente no hubiera querido esto para ti. Fuiste especial y jamás te olvidaré, pobrecillo mío. Nunca me he sentido tan adorada como me hiciste sentir tú. Siempre habrá un pedacito de ti en tu Isabel. Todo fue tan rápido. Adiós mi amor…
Isabel dio de nuevo un largo y sentido beso a Martín, acarició sus cabellos, derramó unas lágrimas sobre la cara de su efímero amado y salió lentamente de la habitación, dejando la puerta entreabierta…
-Oye Tía ¿y ahora no se te habrá pasado la mano de nuevo?
-No hombre, “Rafa”, cada vez le he ido bajando la dosis. Lo que pasa es que la bruja que me dio la receta no me dijo cuánto le echara de la yerba y ahí me he ido probando y probando.
-Tía, ¿pero no se mueren con esto?
-No, Isabelita. Esta cosa la utilizan las mujeres celosas para volver idiotas a sus maridos. Con el primero que la usé fue con mi viejo y vaya si se me pasó la mano, que ya está a dos metros bajo tierra, pero creo que ahora sí tengo la medida.
-Y me puedes decir: ¿De dónde sacaste ésta historia de “La Aparecida”?
-Mira niña, éste cuento en todos lados hay, en Mérida, en Guanajuato, en Zacatecas, en Guadalajara…y la gente es tan imbécil que cada quién cree que en su pueblo sucedió y los demás son copias del original, el de ellos. Simplemente, se me ocurrió hacerlo y de eso nos hemos mantenido ¿No? Ya verán que todo quedará oculto con los cuentos del pueblo, la historia la repetirán una y otra vez hasta que se la crean…
-Pues yo ya no quiero hacerlo, se me hace mucho riesgo y además me dan lástima, cómo quedan después, inservibles, ahí andan de loquitos por la carretera. Además, como yo soy “La Aparecida” me arriesgo mucho…
-Usted se me aguanta niña, ya pronto vamos a terminar con esto. Ándele, ábrale al Lucas, parece que ya llegó.
-¡Que pasó, muchacho! ¿Cómo nos fue ahora?
-Yo creo que bien Tía, éste venía bien forrado…
-Bueno, quemen en la hornilla del patio todos los papeles y esas cosas peligrosas y dame el dinero para acá, vamos a contarlo…
Y Luego llévense a éste tipo y tírenlo por allá lejos en la carretera. Cámbienle de ropas nada más, porque se puso muy elegante para venir a la visita.
-¡Yo lo haré! Dijo Isabel presurosa.
Entró de nuevo al cuarto y fue desvistiendo a Martín con cuidado. Al retirar su saco, encontró la tarjeta donde estaba el poema dedicado a ella. Sus ojos se llenaron de lágrimas y volvió a besarlo y pedirle perdón.
-¡Ay querido mío! ¡Cuánto daría por ir contigo! ¡Por pasar el resto de mi vida juntos! ¡Tengo mucho miedo por ti! ¡Jamás podré olvidarte!
Por fin pudo terminar de vestirlo con unos andrajos y salió compungida de la habitación, tratando de ocultar sus emociones.
Martín, en su inmovilidad había escuchado todo. Por fin entendió lo que le había pasado a los agentes y por supuesto a él. Pero había algo que lo había dejado transfigurado y era el saber que amaba y era amado. No sabía que pasaría con él, pero de vivir, dedicaría el resto de su existencia al ser más adorable sobre la tierra: a su bella Isabel.
Lucas y “El Rafa” llevaron a Martín al taxi. Antes de subirlo, Isabel apareció con un cobertor que echó sobre sus hombros. –Hace frío ésta noche…. Dio como excusa.
-Vamos a tirarlo por el rumbo de San Miguel, dijo Lucas.
Martín despertó completamente consciente, aunque un poco mareado. Las estrellas aún brillaban en la fresca madrugada. Casualmente lo habían dejado junto a un campo de tomates a punto de cosecha, pues los jornaleros iban descendiendo de un camión para iniciar sus labores. Martín se confundió entre ellos y trabajó un turno completo.
Necesitaba ordenar muchas cosas de su vida y para ello ocupaba dinero, tiempo y esconderse de los estafadores. Ya se le ocurriría qué hacer para volver a la vida normal, aunque sabía que después de conocer a Isabel, nada sería normal. Al segundo día de trabajo, el capataz preguntó si alguien sabia leer y escribir y cuando Martin alzó la mano, inmediatamente le dio un cargo administrativo en el campo. Al terminar la semana, se vio poseedor de una pequeña cantidad de dinero y se presentó en las inmediaciones de “La Pérgola” a esperar el inicio del baile del sábado.
Isabel apareció radiante, hermosa, enigmática, con su vestido blanco y su cara un poco triste, pero atractiva como nunca. Tropezó al llegar y fue auxiliada por un bien parecido joven con quien, había que reconocerlo, hacía una magnífica pareja. Entre las enredaderas, Martín vio como su Dulcinea era transportada en los brazos del aún afortunado muchacho por todos los rincones de la pista de baile y finalmente, por casualidad quedaron apoyados platicando cerca de donde pudiera escucharlos. Ahí estuvo al tanto de la educada conversación del joven y de los monosílabos con los que Isabel contestaba algunas preguntas. Cuando él buscó sus labios, ella los evadió y sólo alcanzó a darle un pequeño beso en su mejilla.
Por fin, la fiesta terminó. Martín caminó entre las sombras hacia la entrada y vio a “El Rafa” elegantemente ataviado en su blanco traje de lino y tuvo que contenerse para no ir a golpearlo. Para su sorpresa, Isabel no subió al taxi, sino que regresó a su casa en un automóvil de lujo que llevaba el distinguido joven. El taxi lo siguió a distancia. Martín permaneció cerca, pues tenía una tarea que hacer al día siguiente.
Era domingo. Hacia mediodía, Martín tomó una posición que le permitía vigilar los accesos a la tumba de la falsa Isabel. Había decidido desenmascarar a la vieja estafadora ahí mismo, cuando quisiera llevar a efecto la farsa. Pensó que no tardaría en llegar el taxista para colgar el saco del joven, sin embargo pasó todo el día y nada de esto sucedió. Caminó entonces hacia la ciudad y logró llegar al domicilio de su amada y al mismo tiempo, nido de bribones. Estuvo cerca de ahí, vigilante hasta que, alrededor de las once de la noche llegó el auto de lujo y su Isabel ¡hermosísima! Se despidió con un beso al aire de su acaudalado pretendiente.
Martín se encontraba comiendo junto a la labor acompañando a los jornaleros, cuando uno de ellos le advirtió:
-¡Cuidado Martín con el Toloache!
-¿Cómo, cuál es?
-Ésa yerba que tienes a la derecha que tiene bolas verdes con espinas. Es venenosa, pero manejada con cuidado te puede dormir un rato o te hace ver visiones. También es medicinal, nada más que no se pase la dosis, porque entonces sí te quedas loco o te mueres.
-Había oído hablar de ella. Así que éste es el famoso Toloache…
Cuando acabó el turno y se encontró a solas, Martín tomó varias de las carnosas hojas y tallos de la planta y las molió con una piedra hasta que escurrió un líquido verdoso, el cual recogió y vertió en un pequeño frasco con gotero. No tenía idea aún de cómo emplearlo, pero era mejor tenerlo a su alcance, por lo que se pudiera ofrecer…
Al día siguiente no hubo cosecha. Martín aprovechó para ir a ver a su amada, pero no apareció fuera de su casa. Ya se iba desilusionado, cuando la puerta se abrió y salió la vieja bruja, la ya conocida Tía. La siguió de lejos hasta que llegó al mercado. Se acercó a ella con el peligro de que notara su presencia.
-¡Buenas Doña Cheba, que la trae por aquí…! Le dijo un hombre tras el mostrador de un puesto de venta de verduras.
-¡Hola Don José! Sólo vengo por mis verduritas frescas…
-Usted escoja las que guste, ya sabe… y dirigiéndose a un muchacho que estaba por ahí, le dijo arrojándole una moneda: -¡Trae a la Doña su refresquito de vainilla!
-¡Ande! Usted si sabe cómo tratarme…
-A usted nomás, ya sabe que es la única…
-¡Ay, usted! ¿Y qué dijo? ¡Ya se lo creyó! ¡La única, jajajá!
Martín se retiró. Era suficiente por ahora y no quería ser visto aún. Se dirigió a la “Casa Hays” una tienda muy completa donde antes había visto unas bicicletas en venta. El capataz del campo le había regalado una, pero le hacían falta algunas piezas. Aún estaba ahí cuando vio a su rival de amores que entraba precipitadamente, dirigiéndose al mostrador.
-¡Don Ernesto! ¿Aún tiene boletos para el baile del Centro Social?
-¡Claro hijo, sólo cálmate! Tómate un refresco, pero primero saluda…
-¡Ah, sí, Señor, discúlpeme, buenos días! Voy a querer dos.
-¿Dos refrescos? Dijo el Señor con sorna.
-¡No, Don Ernesto, dos boletos! Llevo una invitada.
-¿La novia acaso?
-¡Ojalá, Don Ernesto! Eso quisiera.
-Por lo visto sí quisieras, ¿pero ella? ¿Ya le has preguntado?
-Bueno, no, sólo hemos salido un par de ocasiones, pero creo que no le soy indiferente…
-Bueno, jovencito. Si ella es lista, no te debe poner ni un pero. Un profesionista de muy buena familia, bien parecido, con todo un futuro por delante, de buen carácter y de una gran moralidad. ¿Qué más puede pedir? Y a todo esto, ¿Quién es ella?
-Su familia no es conocida. Ella vive con su Tía, es huérfana. Es bellísima y se nota que son de muy buenas costumbres.
-Bien muchacho, pues suerte y ya la conoceré el próximo sábado. No dejes de presentármela. Me saludas a tus padres.
-Con gusto, Don Ernesto. Gracias y hasta luego.
Vamos, vamos, pensó Martín. Ya sé que se traen entre manos mi adorada y su horripilante Tía. A emparentar con una de las mejores familias de Los Mochis y así entrar directo a lo más alto de la sociedad mochitense. Muy buen plan. Caminó dos cuadras y se vio frente al Centro Social. Bajo el cartel que anunciaba el baile, aparecía uno más pequeño donde solicitaban personal para el sábado. Entró y fue contratado de inmediato.
El sábado llegó temprano al salón y ayudó a instalar las mesas, la mantelería, el servicio, a lustrar la pista de baile y quedó cerca de ahí por si algo se ofrecía y levantar al final del festejo todo el mobiliario. Martín no pudo verla cuando subió las escaleras e irrumpió en la sala, pero sí la observó de lejos con su altivo porte, cuando se dirigían a su mesa y saludaba con una leve inclinación de cabeza acompañada de una graciosa sonrisa a las amistades y familiares de su guapo acompañante. Otra vez, Martín hubo de reconocer que no había mejor pareja en el baile que su Isabel y el que seguramente era el hombre más envidiado de la fiesta, Eduardo, el joven profesionista, el rico heredero, el soltero codiciado.
Martín entró a una sala aledaña donde se guardaban mesas y sillas, se sentó al amparo de las sombras en el antepecho de una de las ventanas y dormitó un rato. Unos pasos lo despertaron de su ligero sueño. Escuchó una conocida voz, semejante al canto de un jilguero:
-¿Por qué me traes aquí?
-La música, está muy fuerte y necesito hablar contigo…
-¡Eduardo, yo…!
-¡Si, Isabel! Te entiendo, todo ha sido muy rápido, pero ya nos conocemos un poco, hemos salido juntos y…realmente te necesito, quisiera formalizar nuestra relación, es decir…si quieres ser mi novia…
Eduardo sacó del bolsillo de su saco un estuche que abrió de inmediato. La luz de la Luna reflejada en las facetas de la gema, se distribuyó por el reducido espacio del salón. Tomó la mano de Isabel y deslizó el anillo en su esbelto dedo desnudo.
-Eduardo, no... Mira es que estoy confundida, acabo de pasar por algo que me ha marcado…
-¿Qué quieres decir? ¿Hay otro en tu vida?
-¡Sí! Eh… ¡No! Más bien es que significó mucho para mí y yo no fui buena con él y ya no hay remedio, pero aún tengo muy vivo su recuerdo.
-Isabel, sólo dime. ¿Hoy significo algo para ti?
-Sí Eduardo, ¡Mucho! Pero hay cosas que aún no puedo olvidar, que no quiero olvidar…
-¿El vive aquí en Mochis?
-¡No! El murió…o casi, no sé…no sé donde está…
-Bueno, cariño, yo no veo nada malo en que lo recuerdes, creo que eso te enaltece. Sólo quiero que me des a mí la oportunidad de vivir en ti, que me des un lugar en tus pensamientos ¿Crees que puedes? ¿Me aceptas?
-Sí, ¡Sí Eduardo! ¡Gracias por aceptarme tú a mí! ¡Perdóname, pero debía decírtelo! ¡Tú eres muy bueno, mereces lo mejor!
-¡Tú eres lo mejor que ha pasado en mi vida…! Dijo emocionado Eduardo, besándola a la luz de la Luna. Apuntó con su dedo hacia el cielo y dijo:
-Mira amor, aquella nube blanca… y recitó:
-“Ayer estaba mi amor como aquella nube blanca que va tan sola en el cielo y tan alta, como aquella que ahora pasa junto a la luna de plata”…
-¡Eduardo! Exclamó sollozante Isabel y cayendo desmayadamente en sus brazos lo besó con pasión, con entrega, con ternura.
Eduardo sorprendido, aprovechó el regalo y le devolvió sus besos. Después de un rato que pareció eterno al involuntario testigo, Isabel quiso volver a la sala de baile. Martín vio los últimos destellos del anillo antes de que cerraran tras de sí la puerta. Quedó perplejo. Al término de la fiesta, mientras acomodaba los muebles y doblaba los manteles, estuvo pensando en su destino y decidió lo que ya tenía como objetivo de su vida. Adorar a Isabel mientras tuviera aliento.
Martín firmó la carta, la dobló y metió al sobre. Usando su lengua, remojó el borde de la solapa y lo cerró con esmero. Luego pegó la estampilla y la depositó en el buzón. Sentía un poco de remordimiento. El había prometido actuar con profesionalismo y en realidad estaba engañando a su cliente. En la carta que pronto viajaría a la Capital, le decía al Licenciado Jiménez, quien lo había enviado a ésta tierra, que realmente los agentes habían estado en la región y por alguna razón desconocida habían desaparecido, sin embargo, podía darle algunos motivos. Por un lado, era probable que hubieran emigrado a los Estados Unidos y por otro era muy posible que, subyugados por la belleza de las mujeres de ésta tierra, sus desaparecidos agentes estuvieran en algún pueblo de la sierra o de la costa viviendo un romance y ofrecía dos pruebas: El loco que encontraron en Tepic y él mismo, que a causa del amor de una mujer, se quedaría a vivir en Los Mochis y jamás volvería a la Ciudad de México. Que consideraba saldada la cuenta de la investigación en virtud de los pobres resultados y que próximamente le enviaría una dirección postal, mientras tanto, podrían escribirle a lista de Correos. De cualquier manera, pensaba seguir con la tarea, buscando entre los locos que vagaban en las cercanías, pero ahora no tenía tiempo para ello.
Luego, se dirigió al mercado. Tenía un plan bien trazado. Sólo esperaba que todo saliera conforme a sus deseos. Compró un refresco de vainilla, era una especie de tónico que tenía cierto gusto medicinal. Lo abrió con cuidado, vertió la mitad del frasco de jugo de Toloache, lo volvió a cerrar y se acercó a la casa de Doña Cheba, la bruja estafadora. Tuvo el gusto de ver salir a su reina en el auto de su novio, probablemente a alguna función de cine, pues llevaba algo para cubrirse del fresco de la noche. Vio un muchacho que pasaba frente a la casa de la vieja y lo abordó.
-¡Oye muchacho! ¿Sabes donde vive Doña Cheba?
-¡Ah sí! Ella vive en ésa casa verde.
-Mira, hazme un favor – y le dio una moneda -Llévale éste refresco de parte de Don José el del Mercado, le dices que el señor te dijo que era para su consentida…
El muchacho hizo un gesto de picardía y corrió a cumplir el encargo. Martín no esperó mucho, en cuanto vio que abrieron la puerta, se fue de ahí apuradamente.
Pasaron dos días. Martín pasaba con su bicicleta cerca de la Iglesia, cuando al rebasar un lento cortejo fúnebre que iba llegando al Templo, casi choca en un costado del taxi de “El Rafa”, junto a él en el asiento delantero iba Lucas con gesto serio. Volteó la cara y estuvo a punto de quedar en el ángulo de visión de su querida Isabel, quien vestida de negro, con su linda cara velada y cabizbaja, iba en el interior del auto de su novio. Martín luego imaginó lo que había pasado. La dosis del veneno fue excesiva y la vieja bruja ya no contaba en éste mundo. Sintió la liberación de una parte de su vida. Mientras esa horrible mujer existiera, él no podría vivir en paz. No por él, sino por su Isabel. Pensaba que la había librado de un terrible escollo. Ahora sólo faltaba eliminar a otros dos obstáculos para que su felicidad fuera completa. Arriesgándose, se quedó unos momentos fuera del Templo escuchando las conversaciones. Así, supo que la vieja había enloquecido, salió a la calle gritando alucinada, desgarrando sus ropas. Finalmente su corazón no resistió y después de una agonía de varias horas murió entre gritos y maldiciones.
Dejó pasar dos semanas. Un día llegaba a observar frente a la casa de Isabel cuando la vio en la acera, con su linda cara encendida y arrebatados ademanes discutiendo con Lucas y “El Rafa”. Martín tuvo que reprimir el impulso de intervenir a favor de su bella enamorada. Inmediatamente imaginó el motivo de la polémica: La estaban presionando para seguir con el negocio de la Tía. Ahí mismo resolvió que había llegado el momento de parar todo esto.
A la tarde siguiente, despachó un mensaje al Hotel Montecarlo. “Vengan tú y “El Rafa” a la tumba de la Tía a las 4 de la tarde. Lo dejó sin firma. Usó una caligrafía lo más femenina posible. El recado lo envió con poco margen de tiempo. Sólo por si era necesario, había conseguido una pistola con un trabajador del campo. Compró unas cervezas, preparó dos de ellas con el extracto ya conocido dividiendo la mitad del frasco que le quedaba entre las dos botellas y esperó tras una alta tumba. Escuchó el ruido del taxi tras el cerco del panteón y cuando los vio de pié frente al aún fresco amontonamiento de tierra encima de los despojos de su ladrona Tía, les dijo con voz grave:
-¡Siéntense Señores! Debemos platicar. Lucas trató de huir, pero Martín sacó rápido la pistola y aquél quedó paralizado.
-Siéntense les digo. Vamos a hablar de negocios…
El par de pillos se sentaron y Martín sacó una cubeta con cervezas. Abrió las dos que ya tenía señaladas y se las ofreció. Los bribones, nerviosos, apuraron la mitad de un solo trago.
-Nosotros nunca quisimos hacerte daño… Dijo Lucas.
-¡Cállate! No vine a hablar de eso. Sólo díganme que ha pasado con los demás que les han robado.
-Por ahí andan, en los alrededores, vagando. Dijo “El Rafa”.
-¡Termínense la cerveza, que aquí hay más!
Se la terminaron y les ofreció otra, que bebieron más rápido que la primera. “El Rafa” Ya tenía los ojos vidriosos, mientras Lucas parecía a punto de caer dormido. Martín los condujo dócilmente al taxi, los introdujo al asiento trasero, donde quedaron dormidos uno encima del otro. Abrió la enorme cajuela, guardó la bicicleta en ella y salió de la ciudad hacia el sur, donde se inicia el Estero de Ohuira. Con dificultades los bajó arrastrando como fardos en la fangosa playa poblada de cangrejos y ahí los abandonó. Luego dejó el carro a varios kilómetros de ahí en la parte más opuesta, en la orilla del río y en su bicicleta llegó con los últimos rayos del sol al campo agrícola donde trabajaba. Confiaba que iban a sobrevivir, pero quedarían locos como dejaron a los infelices viajeros que desgraciadamente fueron a quedar entre sus avariciosas garras.
Estuvo pendiente del periódico en los días que sucedieron. Habían encontrado el taxi y notaron que llevaban cervezas. Alguien dedujo que se habían metido a bañar al río en estado de ebriedad y éste se los había tragado. Como nadie los reclamaba, no se preocuparon mucho por buscarlos y los dieron por desaparecidos. A Lucas lo habían visto abordar el taxi ésa tarde así que también lo anotaron como ahogado en el río.
La bella Isabel no se entretuvo en guardarles luto a sus parientes si es que en verdad lo eran. Libre al fin de las ataduras del pasado, su vida cambió diametralmente. Al lado de su prometido era la admiración de las gentes de alcurnia de Los Mochis en cuanta fiesta o lugar de postín se presentaran. Eduardo precipitó la fecha de la boda. No quería que su amada Isabel pasara más tiempo sola.
Corría el rumor en el antiguo barrio de Isabel, que ella había encontrado un gran tesoro enterrado que su Tía con codicia había guardado y acrecentado año tras año, y nosotros lo sabemos, pillería tras pillería. Es muy posible que fuera cierto, porque de ahí en adelante Isabel fue una mujer no sólo conocida por su belleza, sino también por su altruismo y generosidad.
Martín disfrutó como el que más los esponsales de Isabel. Estaba bellísima. Le dio un vuelco en el corazón cuando leyó una invitación de la boda que una dama dejó descuidadamente sobre una banca de la Iglesia: Era un pergamino en cuya parte central aparecía un bello poema: “Aquella Nube Blanca” era copia fiel, con su misma letra, de aquella que le había escrito a Isabel. Lo guardó como uno de sus tesoros más preciados. La fotografía de los novios se exhibió muchos años en el aparador del estudio fotográfico. Su enamorado y oculto protector coleccionó recortes de periódico, fotografías hechas con telefoto en la playa, en las fiestas, donde quiera que la encontrara. Aprendió a pintar y completó una impresionante cantidad de cuadros de gran calidad y belleza. Martín casi moría de preocupación cuando Isabel estaba internada en un Sanatorio para dar a luz a su primer bebé y luego por poco muere de gusto cuando se enteró por el periódico que la criatura no llevaba el nombre de su padre, sino que llevaba su propio nombre. Ahí comprendió cuánto significaba él para Isabel y cuánto ella para Eduardo y empezó a tener para él un respeto que rayaba en la veneración.
Así pasaron muchos años dedicados por parte de Martín a adorar y reverenciar a su amada Isabel quien sin duda ha llevado muy dentro de su corazón un lugar reservado a aquél breve amor, víctima de un engaño, de una estafa. Hoy, los dos viven su ancianidad. Su existencia sigue llena de amor. El adorándola y rogándole al Cielo que se lo lleve antes que a ella e Isabel, ignorante de la existencia de su Romeo, pero feliz porque tiene a Eduardo, un hombre bueno que la quiere y unos hijos que la veneran, pero si alguien pudiera asomarse a su corazón, seguramente vería un rinconcito ocupado por quien despertó por primera vez en su vida la chispa del Amor.
Isabel, su esposo Eduardo y sus hijos, forman una respetable, conocida y estimable familia de los Mochis. Ella puede vivir tranquila. No habrá nadie que revele su secreto. Sé que muchos matarían para saber su verdadero nombre y su distinguido apellido. No hay necesidad de ello, sólo vean las páginas de sociales, las revistas especializadas en los hechos de la alta sociedad de Los Mochis y ahí los encontrarán. Sonrientes, Amantes, Felices y Orgullosos de sus hijos, conocidos hombres de empresa y sus hijas, dignas esposas y madres de familia, que les han regalado hermosos nietos a unos abuelos alegres, cariñosos y consentidores.