domingo 12 de abril de 2009

Juanito y el Presidente

"Estudia hijo, prepárate y algún día llegarás a ser Presidente de la República." ¿A quién no le ha dicho eso su mamá? Siempre el referente era el presidente. Era el mejor hombre de la nación, el más inteligente, el líder, el guía, el padre de todos. Cuando tenía 18 años, aún creía en eso. Fue entonces que por primera vez me tocó ver de cerca al Presidente de la República. No me decepcionó, todo lo contrario, pero vi un hecho que me dejó impresionado. Aquí lo relato:


JUANITO Y EL PRESIDENTE
Llegué muy puntual al Centro de Convenciones. El presidente aún no arribaba al lugar. tuve tiempo de echar un vistazo por los alrededores. Cuando estaba contemplando una formación militar que avanzaba rápidamente a tomar posiciones, llegó raudo el autobús presidencial. No cualquiera tiene la suerte de ver de cerca al Señor Presidente de la República. Fui uno de ésos afortunados. El camión abrió su puerta justo frente a mí. Como por arte de magia, salió gente de todos lados y se formó una valla. La gente me fue empujando unos metros más allá de donde aparecería El Presidente. Muy cerca de mí estaba un señor de unos 60 años, moreno, calvo, de estatura mediana y esbelto. Primero bajó el Gobernador del Estado, luego unos Ministros y algunos Diputados y Senadores, que a su vez, se integraron al cerco humano. El Señor Presidente apareció en el quicio de la puerta de su vehículo y desde ahí saludó a la multitud con su mano derecha. Su mirada de águila recorrió las caras de las personas que se encontraban a su alrededor en semicírculo y se fijó en la persona que tenía a mi lado. Bajó de un salto a la acera y se dirigió en linea recta a mi vecino de puesto. abrió sus brazos y le dio un apretado abrazo.-¡Juanito! ¡Qué gusto verte!-¡El gusto es mío, Señor Presidente!-¡Te vienes conmigo! ¡Vamos! Ordenó El Presidente, llevándolo abrazado por los hombros.Asi entraron al gran Salón y lo acomodó sentado a su derecha, en el Presidium. A alguien tuvieron que retirar de ahí para sentar a Juanito. De ahí en adelante, los discursos, alabanzas, aplausos se fueron sucediendo. El Presidente, no paraba de hablar, reir y hacer comentarios con su amigo Juanito. Yo sentí envidia de ése hombre. El mismísimo Presidente de la República le había dado muestra pública de afecto, de confianza a un personaje, que para mí pertenecía a la oscuridad, a ésos que no figuran en los noticieros televisivos ó en la prensa escrita. No cabía duda, pensaba, que había tipos con suerte. Cuánta gente pasa años pidiendo audiencia a un Ministro y jamás se le concede y héte aquí que éste desconocido resultó amigo íntimo del hombre más poderoso del País.Pasaron las horas y por fin terminó el acto. se hicieron honores a La Bandera, los presentes, de pie, respetuosamente, entonamos El Himno Nacional. El Presidente, llevando del brazo a Juanito salió del recinto. Sólo lo soltaba cuando debía saludar a alguien con un abrazo. La larga comitiva de políticos que acompañaba al Jefe de las Instituciones Nacionales, como también era llamado el Jefe del Poder Ejecutivo de La Nación, iba paso a paso acercándose al transporte presidencial. Subieron y esperaron arriba a que El Presidente se despidiera del pueblo que lo rodeaba, Siempre llevando a sus espaldas al General Jefe del Estado Mayor Presidencial y a su derecha, a nuestro ya conocido Juanito. Al poner un pie en el estribo del vehículo, El Presidente, con un ademán invitó a subir a su amigo. Éste agradeció el gesto:-¡Muchas Gracias, Señor Presidente! Si me permite, me quedaré aquí, con la debida consideración a su fino trato y el gusto de haber tenido el honor de su compañía.-¡Cómo tú lo prefieras, Juanito! ¡Sabes que me alegra haberte saludado! Le dio un efusivo abrazo, le palmeó fuertemente la espalda y subió al autobús. Inmediatamente, tomó asiento y abriendo la ventana, sacó la cabeza y su brazo derecho, con el que saludó al pueblo en general y luego lo dirigió hacia Juanito, que esperaba al pie del ventanal.-¡Hasta luego, Juanito! ¡Buena suerte! le dijo tendiendo su mano para estrecharlo por última vez. El Autobús arrancó en ese momento sin que pudiera concretarse el saludo y al mismo tiempo, un guardia presidencial (eran fácilmente reconocibles por su nuca rasurada y su aspecto militar, además de su prepotencia y brusquedad) le dió un certero codazo en un costado a Juanito. El Señor se dobló haciendo una arcada. La muchedumbre corriendo tras el camión del Presidente tropezó con él, quién cayó al suelo donde fué pateado, molido a golpes por el mar de gentes que sin proponérselo saltaban sobre él pisoteándolo mientras cubría su estómago con una mano y la cara con la otra. Finalmente fue reduciéndose el corretear de la gente y la plaza se vio sola en unos instantes. Yo, azorado, miraba a Juanito en el suelo a punto del desmayo. me acerqué a él y le ayudé a levantarse. luego lo llevé a sentar a una banca cercana bajo un árbol. Respiraba con dificultad y se veía bastante maltrecho. -Señor, ¿desea que llame a alguien? ¿A una ambulancia?-No, joven, gracias,ya me siento mejor. dijo con voz ahogada.Este episodio que viví a mis 18 años, me marcó a mi corta edad. Pensé en la futilidad de la Vida. Hacía unos momentos, el hombre estaba sentado a la derecha de un dios y unos momentos después, rodando como basura por los suelos. Primero lo envidié y después pensé que ni en sueños hubiera querido estar en su lugar. Así, desde entonces me ha tocado ver a grandes personajes en desgracia. campeones mundiales del deporte, políticos, ex-millonarios. A los únicos que no he visto rodar por el suelo ha sido a los hombres sabios, a las personas generosas, a quienes se han ganado lo que tienen (Me refiero al Respeto) con sus actos de Virtud nunca con engaños, jamás tomados a la fuerza. (Lo cual, creo que no era el caso de Juanito, quien realmente parecía buena persona. Más bien el suyo fue un acto de mala suerte).

miércoles 1 de abril de 2009

15 y no pude acortarlo

De Monja a Casada
Elena pasó entre los invitados haciendo equilibrio con las copas vacías que iba recogiendo. Al mismo tiempo repartía sonrisas y disculpas con un gracioso ademán característico de ella, que consistía en una pequeña inclinación de cabeza sacudiéndola levemente, un poco a la manera de las mujeres japonesas. Cuando ella y Roberto su marido planearon cuidadosamente la reunión para festejar su aniversario de bodas, quisieron hacerla lo más privada posible. Así decidieron invitar a sus más íntimos amigos y realizarla en su propia casa. Ya avanzada la noche, la fiesta languidecía, algunos bostezos se empezaron a mostrar y decayó el ritmo de las conversaciones.
En cuanto la primera pareja se levantó para irse, fue como una señal para que los demás lo hicieran. Fueron saliendo lentamente. Elena y Roberto los despidieron en la puerta de la casa y al salir el último entraron abrazados a su hogar. Él no insistió para que dejara de recoger vasos, platos y copas. Sabía que era inútil. Ella no se dormiría hasta tener todo arreglado y limpio. Roberto cooperó sacando algunas sillas plegadizas y mesillas. Luego se arrellanó en su sillón preferido con una bebida en la mano y contemplando el trajín de su hermosa pareja notó cómo a través de la sutil tela de su vestido se insinuaban sus formas juveniles. Con todo y sus 43 años, Elena conservaba intacta su belleza. A Roberto siempre le había intrigado que su esposa cambiara camaleónicamente de acuerdo a la ropa o peinado que utilizara. Dando un suspiro, dejó volar sus pensamientos hasta la época en que tuvo la fortuna de conocerla.
Su padre era Ingeniero Civil y trabajaba en una gran empresa constructora que tenía a su cargo grandes obras hidráulicas y carreteras. Cuando estaban construyendo la Presa “La Embocada” se trasladaron al pueblo de San Pablo, a tres kilómetros aguas abajo del sitio de la obra. Un paraje muy pintoresco, en la ribera del Río de Los Remedios. En ése idílico lugar vivió feliz su niñez, desde los 6 hasta los 14 años.
Mientras Roberto era todo un hombrecito de 14 años, al menos así se lo creía él, Elena era una niñita de 12 años, retraída, muy seria, sin artificios. Su padre era el sacristán de la iglesia, un hombre honrado que educó a sus hijos con altos valores morales en medio de una vida modesta. Un día pasó frente a él en compañía de unas amigas y observó su sonrisa amplia, limpia, fresca y al contemplarla sus miradas se cruzaron brevemente. Nunca había visto ese matiz de verde en la naturaleza. Aún las esmeraldas más finas y brillantes no tenían esa tonalidad oscura ni los destellos dorados de su mirada. Admiró también su linda naricilla respingada y pecosilla.
Cayó profundamente enamorado. Sólo que había un problema. Él no podría reconocer jamás en público que estaba loco por ella. Habría sido el hazmerreír de sus amigos. Años después supo que todos padecían de lo mismo. Sus sentimientos los guardó en la intimidad, pero inició el acoso a su amada. Encontró la forma de dejarle mensajes con la firma de “Tu admirador secreto” primero y “Tu eterno enamorado” después. Los mensajes eran recibidos por la destinataria, de ello estaba seguro y más cuando encontró una lacónica pero significativa respuesta. Una tableta de chocolate con el mensaje: “Feliz Navidad. Yo.” Golpeó la cabeza con sus puños. ¿Cómo pudo olvidarlo? Era el 25 de diciembre y lamentó su torpeza al no aprovechar el momento. Ya no tuvo tiempo de remediarlo. Su madre lo tomó del brazo y entraron al Templo. La misa era obligatoria. Si ella supiera quien era su admirador secreto hubiera muerto de vergüenza. Por fortuna había tenido el cuidado de no dejar huellas. Últimamente, en un alarde de machismo, se le ocurrió rociar unas gotas de la loción preferida de su papá en los mensajes que le dejaba. Avanzada la misa, el corazón le latió con fuerza al verla salir con un bonito vestido de motivo navideño y una canasta en su brazo. Al tiempo que iba de lugar en lugar recogiendo las ofrendas, entregaba un pequeño presente a cada feligrés. Su padre estaba en la orilla, al lado del pasillo. Elena llegó hasta él y le entregó el minúsculo envoltorio al tiempo que un billete era depositado en el cepo. Roberto era el de junto. Alargó su brazo y ella se acercó demasiado. Cuando vio las ventanas de su naricilla agrandarse para aspirar la varonil fragancia que expedía el padre de Roberto, se sintió atrapado. Casi leía sus pensamientos, cómo ella conectó aroma-carta e hijo del dueño del perfume y vio sus hermosos ojos abrirse azorados como soles y junto con él, ruborizarse al grado más alto de la escala. Nerviosa, estuvo a punto de dejar caer la canasta, que diestramente recogió al vuelo su padre, regresándosela con una caricia en su cabeza. Esa noche soñó que al día siguiente lo llamarían a juicio y todo el pueblo sería el testigo acusador, entre las burlas de sus camaradas y la vergüenza de la familia.
Pasaron unos días hasta que se atrevió a salir. Descubierto ya, los mensajes de “Eterno enamorado” cesaron. Pasados unos días fue a la tienda y compró un panecillo relleno. Al salir, se topó con Elena. Llevaba bajo su brazo una canasta conteniendo galletas. Ella sonrió e inclinó la cabeza tímidamente.
-¡Hola Elena, Feliz Navidad…! Se sentía torpe, la Navidad había pasado hacía días, pero no tenía otra cosa que decir.
-Gracias, Roberto. Felicidades a ti también. Él emparejó su paso al de ella.
-¡Roberto! Dijo ella un poco nerviosa. -¿Por qué no me lo habías dicho?
-Eh… ¿Qué cosa? Eh… ¡Ah sí! Eso, Eh…
-No tenías porqué ocultarlo, me tenías nerviosa.
-Bueno, pero fue más emocionante ¿Verdad? –Se atrevió a decir.
-¡Sí! Sí lo fue, pero es mejor saber quién es el “Admirador secreto” y “El Eterno Enamorado”. Qué bueno que tú hayas sido.
Iban pasando por la plaza y ella se sentó en una banca. Con un ademán lo invitó a que lo hiciera también. Lo hizo pidiendo a todos los santos que no pasara ninguno de sus amigos.
-Oye Roberto, ¿Puedes repetirme aquél verso de los “ojos”? ¡Anda!
-Roberto se sonrojó, tomó aire y sin poder despegar su mirada de los ojos de Elena, le recitó lentamente la poesía que tanto había repetido en la soledad de su cuarto:
“Ojos cuyo amor anhelo /porque alegra cuanto alcanza, /ojos color de esperanza, /con lejanías de cielo: /ojos que a través del velo /radian bienaventuranza, /mi alma a vosotros se lanza /en alas de la embriaguez, /miradme una sola vez, /ojos color de esperanza”.
-¡Roberto, qué hermoso! Le dijo emocionada Elena. ¿Seguirás dedicándome poesías ahora que no eres anónimo?
-Sí, te lo prometo
-¿Me acompañas a mi casa?
-Vamos, dijo Roberto mirando algo temeroso a su alrededor.
-Al llegar a la puerta de su casa, Elena agradeció a Roberto su compañía. Tomó una bolsa con galletas y entregándoselas le dijo que eran para su mamá. Luego antes de entrar a su hogar, introdujo una tarjeta en la bolsa de su camisa. Le dio un leve apretón en su mano y una caricia con su mirada. Quedó estático en la acera. Uno de sus amigos pasó en bicicleta por ahí.
-¿Qué haces aquí Roberto, vienes a misa?
-¡Eh! ¡No, no! Voy a mi casa.
-¡Bueno, nos vemos luego!
Ahora le quedaba otro problema. Sortear a su mamá, la inquisidora. Si no le entregaba las galletas, no podría sostener la mirada de Elena de nuevo y además ella misma podría preguntar a su madre si le habían gustado. Y si cumplía con el encargo, ella, como siempre, querría saber detalles, el por qué ésta niña le enviaba eso y su hijo que relación tenía con ella, etc. Antes de llegar a su casa leyó con avidez la tarjeta que Elena puso en su bolsa. El mensaje estaba escrito con su primorosa caligrafía:
“Al convertir en estrellas mi mirada/ y en leves suspiros mis horas de esperanza. /Me hiciste frágil, pequeña, vulnerable /completa, angelical, absoluta y recobré el asombro, la ilusión y los sueños”
-Bueno hijo. ¿Éstas galletas las envía la señora? o su hijita Elena…
-¡Ssí, ella!
-¡Algo tienes, dime la verdad! ¿No se las habrás tomado sin pagarlas?
-¡No, ella me las dio para ti!
-¡Si, hijo, eso ya me lo dijiste! Pero debe haber una razón para que me las regale y más vale que me lo digas tú para no preguntarle a ella.
-Roberto empezó a sudar y sumamente incómodo, le contestó:
-¡No mamá, no lo vayas a hacer! Ella es… mi amiga…verás…
-¡Ya! ¡No digas más, amor! ¡Es tu novia! ¡Querido! ¡Robertito tiene novia!
-¡Mamá! ¡Por favor! Yo…
-¡Nada, chiquillo ahora me vas a contar todo! ¿No le tienes confianza a tu madre? ¡Anda dime! La has respetado, ¿Verdad mi niño? ¡Amor! ¡Mira a nuestro bebé! ¡Ya se nos quiere casar!
Roberto pasó por el amargo episodio y se fue a refugiar a su habitación, entre los dibujos que había hecho de su amada y su segundo mensaje de amor, preparándose para una nueva vida. Tuvo dulces sueños, pasaron días, semanas, meses y un día se vio terminando sus estudios y su feliz adolescencia. Ahora era un aplicado jovencito que iría a la capital a proseguir sus estudios preparatorios para la Universidad.
Su noviazgo con Elena no pasó de llevarle sus libros bajo las risas de sus amigos, el tomar su mano con cualquier pretexto y un beso fugaz en la mejilla de vez en cuando, pero lo que siempre quedaría en su recuerdo era el extraño brillo de sus ojos acompañado de la luz de su sonrisa. Se fue prometiendo escribir seguido y acongojado se despidió de la casa paterna.
No llegaba aún a sus primeras vacaciones, cuando la empresa de su padre por fin terminó la gran Presa y lo enviaron al sur del país para el tendido de una línea férrea. Sus cartas se fueron espaciando. Había un servicio de correos pésimo y observó que el contenido de los mensajes se fue haciendo monótono. Finalmente, antes de un año, cesó de golpe la correspondencia. Lo último que supo de Elena era que al párroco lo habían promovido a una iglesia más grande en la frontera del norte y había invitado a su sacristán para que lo acompañara en su nuevo ministerio. Ella seguiría estudiando allá su secundaria. Roberto vio con sorpresa que no tenía ninguna foto de su primer amor. Ella en cambio, se había quedado al menos con cuatro, una de él y tres más donde aparecía acompañándola. El tiempo, los estudios, las nuevas amistades y el despertar a la juventud terminaron por velar el recuerdo de ésos años en el pueblo de San Pablo.
Roberto acababa de cumplir 24 años cuando terminó sus estudios de medicina en una de las mejores universidades del país. Habiendo terminado su año de internado en un afamado hospital, sólo le restaba realizar un año de servicio social. Para ello fue asignado a una comunidad rural del centro del país. El pueblo era feo y había mucha pobreza y marginación entre los lugareños. Ya se adivinaba el profesionista responsable y su don para encantar a la gente. Supo ganarse un lugar en el afecto de los pobladores del lugar. Trabajó mucho y cuando menos lo pensó estaba a tres meses de finalizar su servicio. Debido a su limpia trayectoria por las aulas y a su buen desempeño en las prácticas del internado, Roberto estaba designado como un fuerte candidato a obtener una beca para hacer su especialización en Europa.
Un buen día recibió la visita de dos monjas de rudas facciones. En la cima de una colina cercana al pueblo había un convento de las hermanas de la Purificación en Cristo. Una anciana hermana necesitaba los servicios de un médico. Aparentemente padecía un mal respiratorio, pero algo se había complicado. Acudió al llamado y quedó impresionado con la austeridad del recinto. El piso y las paredes eran de piedra. El lugar era frío y el aire parecía circular libremente por doquier. No había un solo adorno o algo que alegrara el gélido ambiente. Ni siquiera una flor. A cambio de ellas, las efigies de los santos que se encontraban por ahí tenían espigas de trigo y de los pastos silvestres de la región. Con este clima, la madrecita enferma no llegaría a las Pascuas. Sugirió su traslado a una habitación con chimenea y una mejoría en la raquítica dieta de la congregación. La tristeza del lugar lo sobrecogió e hizo lo posible por salir de ahí lo más rápido posible, prometiendo volver al día siguiente.
Roberto se presentó puntual. Además de las medicinas, llevaba un termo con té verde caliente endulzado con miel de abeja y un aceite para que fuera friccionado en los rígidos miembros de la convaleciente. Tocó con el aldabón la gruesa puerta de madera y se abrió una ventanilla y por ahí asomaron unos ojos verdes, oscuros, que iluminaron hasta lo más profundo dentro de su alma. Ella también sintió algo extraño, pues nerviosa, exclamó:
-¿Qué lo trae a éstos lugares de Dios?
-¡Elena! ¡Eres tú! ¡No puedes ser otra!
-¡Roberto! ¡Dios! ¿Qué haces aquí? Exclamó abriendo la puerta.
Él se abalanzó sobre ella y la abrazó suave y tiernamente pegando su cuerpo a ella en toda su longitud. Elena no abrió sus brazos. Más bien los dobló protegiendo su pecho a manera de escudo, pero sus manos quedaron en los hombros de Roberto. Estuvieron un instante en ésa posición, hasta que ella recobró la compostura y delicadamente se escurrió a un lado.
-¡Tú eres el Doctor! Algo me lo decía cuando las hermanas te describieron.
-¡Pero que ha sido de ti, Elena! El último lugar donde esperaba encontrarte.
-Roberto, recuerda que yo siempre he vivido a un lado de la casa de Dios. Era lo más natural, que abrazara éste servicio…pero ven, pasa, seguiremos platicando. Yo estoy atendiendo ahora a la madre. Y también recuerda, ahora soy Sor Elena o hermana Elena, como quieras.
-Para mí siempre serás Elena, la de mis sueños, de mi primera y única ilusión. La que Dios me reservó y ahora me la devuelve.
-¡No Roberto! No digas esas cosas, no es bueno…
Roberto se hizo un visitador frecuente del convento. La anciana madre ya se encontraba mejor de salud, pero su médico se empecinaba en tenerla postrada, pues de otro modo no habría motivo para ir al claustro a ver a su Elenita. Su vida ahora estaba dando una voltereta que no había pensado aún en cómo resolverla. Elena le relató su vida desde que dejaron de verse. Sus padres ya habían muerto, primero su madre que siempre fue una mujer delicada y años después su padre que murió cuando ella ya estaba internada en un convento. Su corazón latió aprisa cuando Elena le mostró un grueso sobre donde estaban todos los mensajes, cartas y chucherías que él le dio durante su breve relación. Los había conservado como una reliquia. Eso le dio a Roberto una muestra de que el corazón de ella estaba aún ocupado por su recuerdo. Delicadamente, para no asustarla, empezó a hablarle poco a poco de la renuncia a sus votos para posteriormente casarse con él.
En ésos días recibió noticias sobre su beca. Le avisaban que su aceptación era casi un hecho, pero le solicitaban que informara sobre su estado civil, pues de ser casado, el monto de la beca aumentaría sensiblemente. Además le daban un plazo para informar y reenviar los documentos. De ser positivo lo de su matrimonio, debía anexar una copia de su acta matrimonial. Se imaginó caminando por los Campos Elíseos del brazo de su flamante esposa, por la orilla del Sena, tomando un café en una mesa al aire libre. Y también, se situó en la realidad. El avance con Elena era lentísimo. Veía que ella se alegraba de verlo. Sus ojos se iluminaban con los suyos, pero ¿salir del convento? No parecía estar dentro de sus opciones. Iría en la tarde, le plantearía el asunto y ella tendría que decidir.
Alguien tocó la puerta del dispensario médico.
-¡Adelante! ¡Pase usted! Dijo en voz alta.
-Casi dio un salto cuando apareció la madre Engracia, la Superiora, la que estaba sirviendo para los fines de visitar el convento.
-¡Hola Doctor! ¡Le sorprendió verme! ¿Verdad?
-¡Madre! ¡No debería…!
-¿No debería? ¿Hasta cuando? ¿Hasta que consiga algo de Sor Elena? No soy tonta, jovencito. Sé reconocer a un Romeo. Seré del Señor, pero soy mujer y con muchos años vividos, Gracias a Dios. Ya sé casi todo sobre ustedes. Sólo me falta preguntarle algunas cosas. ¿La Ama?
-Con toda mi Alma, Madre.
-¿Sus intenciones son honestas? ¿Desea formar un matrimonio Cristiano?
-¡Si, por supuesto, ése es mi mayor deseo!
-Bien, entonces no me queda más que apoyarlos y bendecirlos. Esta niña jamás tuvo la verdadera vocación necesaria para el servicio religioso. Hasta ahora sé cual era el motivo. Ella se sintió muy sola al terminar aquella inocente relación que tuvieron y como su mundo era el Templo, los Santos y los cirios, no tuvo ninguna dificultad para tomar éste camino, pero Dios le tenía destinada otra cosa. ¿Qué tanta prisa tiene usted? Entiendo que casi se cumple su período de servicio social. ¿No huirá como la última vez?
-¡No, Madre eso ni lo piense! Le voy a mostrar unos documentos que explican la prisa que tengo…
La Madre leyó con atención los papeles.
-¡Vaya, veo que debemos apurarnos! No se preocupe, déjelo de mi cuenta todo. Por ésta vez voy a hacer algo que no sé si sea indebido. Se casarán ustedes por lo civil ésta misma semana, para que tenga su papel y lo mande por correo, pero olvídese de que le vaya a entregar a la doncella antes de que salga de blanco de nuestra capilla. Eso será hasta el fin de mes, ya que preparemos todo. Ella ya tiene su vestido de novia, ¿Sabía?
-¿Sí? No entiendo…
-Cuando nosotras ingresamos a la Orden pasamos por una ceremonia muy parecida al matrimonio. En realidad nos casamos con Cristo y recibimos nuestros votos en el Altar vestidas de novias. La hermana Elena, hoy su prometida posee aún el vestido con el que se ordenó y le queda muy bien. Ayer le pedí que se lo probara, por si hubiera que corregirle algo.
-¡Madre, Gracias, es usted un ángel! ¡Nunca podré agradecerle lo suficiente!
-Hijo, tú fuiste el instrumento de Dios para que yo permaneciera un poco más en éste mundo. Si no llegas a tiempo, mis torpes discípulas me hubieran envenenado con sus caldos y matado de frío en aquél congelador donde me tenían, pero luego te empeñaste en que permaneciera encamada, lo que despertó mis sospechas. Cuando vi el nuevo brillo de los lindos ojos de tu Elenita, ya no tuve dudas de lo que pasaba. Hacerla confesar fue facilísimo. Sólo te pediré para tu futura compañera mucha comprensión y paciencia. Ella es un alma pura e inocente. No sabe muchas cosas del mundo. Ya que van a estar cerca de Roma, no dejen de ir a recibir la bendición del Santo Padre y si se acuerdan de mí, pueden enviarme una Bendición Papal por correo.
-Cuente con todo ello Madre, para usted y para toda la congregación.
La boda fue sencilla, pero las hermanas se esmeraron en adornar todo con flores que salieron quien sabe de donde. Sus padres le dieron un gran apoyo. Estaban felices al verlo tan enamorado. Las monjitas prepararon una riquísima comida con platillos tradicionales. Los principales del pueblo con sus familias estaban contentos en la fiesta que siguió a la ceremonia. El padre de Roberto, previsor, organizó en la plaza del pueblo un baile con comida y bebidas que por ser alcohólicas no podían servirse en el convento. Allá terminaron el festejo y como estaba planeado, salieron a disfrutar su noche de bodas y luna de miel en una cabaña que rentó a la orilla de un hermoso lago en las montañas a dos horas de ahí.
En el trayecto, cada vez que volteaba a ver a su esposa, se encontraba con su encantadora mirada y su bella sonrisa. Hablaron poco. Sus pensamientos iban hacia al futuro que esperaba lleno de regalos para la enamorada pareja. Elena llevaba una fina mascada de seda que cubría su cabeza y que anudada en su cuello enmarcaba su lindo rostro. Llegaron a la cabaña que resultó muy acogedora, con todos los servicios excepto teléfono y televisión, cosa que no le preocupó en lo absoluto. No hizo la cursilería ésa de entrar cargando a la novia. Se bañaron y vistieron para salir a cenar al comedor de la villa turística. A la luz de las velas y con las manos entrelazadas, se permitieron tomar una copa de vino y brindaron por el amor, por la felicidad, por la familia que formarían.
Al llegar a la habitación, mientras ella se preparaba en el baño, Roberto encendió velas por todos lados, regando profusamente rojos pétalos de rosa que llevaba bien conservadas en hielo y esperó la salida de su reina con dos copas de champán en la mano. Cuando salió Elena, no pudo menos de sonreír por su indumentaria. Llevaba una larga bata de franela y un gorrito que le hacía juego sobre su cabeza. Con la cabeza baja, pudorosa, dio unos pasos hacia su esposo y lo vio con algo de temor reflejado en su mirada. Lentamente, él desabrochó uno a uno los botones de su anticuada indumentaria. Al mismo tiempo que la abrazaba y retiraba de sus hombros la bata dejándola caer al suelo, la despojó de su feo gorrito. Ella temblaba y su amoroso marido la abrazó con ternura. Sus manos tropezaron con un objeto duro en su espalda. Tanteando, se dio cuenta que eran sus omóplatos. Recorrió de arriba abajo su espalda y sintió los huesos descarnados de sus costillas. Se apartó de ella y quedó horrorizado con la visión que tenía enfrente. Donde deberían ir sus senos, estaban unas especies de verrugas colgantes. Sus costillas flotaban en su caja torácica. El abdomen hundido hasta casi tocar su espinazo. Los huesos de su pelvis sobresalían apenas cubiertos de piel pálida con aspecto enfermizo. Las piernas escuálidas con unas rodillas huesudas y prominentes. Ella se volteó de espaldas cubriéndose con sus flaquísimos brazos. Sus glúteos, simplemente no existían, sólo unos pellejos arrugados y su cabello estaba trasquilado a modo de mordidas. Dentro de la angustia que sentía, pensó que había visto fugazmente su rostro convertido en calavera. Ella corrió a la cama, donde se cubrió como pudo, sollozando amargamente. Roberto no pudo más y también rompió en llanto, sentado frente a su esposa que sollozaba incontrolable en un rincón de la cama.
-¡Qué te hicieron, Elena! ¡Dime!
-¡Ya no me quieres, ya no! Gimoteaba suplicante.
Rápidamente pasaron ante él las imágenes de aquella niña con su falda escolar y su cuerpecito apenas en formación pero que ya se adivinaba como una figura atractiva, femenina. Como médico sabía los estragos que hace la anorexia en el cuerpo de quienes la padecen. Estaba casi seguro que el régimen a que eran sometidas las monjas en los conventos las llevaban al límite de la supervivencia. Ahora debía saber si no era demasiado tarde en una chica de 22 años que había pasado los últimos cinco de su vida bajo una dieta tan rigurosa que la había transformado en un esqueleto viviente. Confiando en que si seguía el tratamiento adecuado podría revertirse el mal y volver el cuerpo de su adorada esposa al metabolismo normal, pudo pensar las cosas con más tranquilidad. Por lo pronto, ella estaba sumamente asustada por su reacción y había que calmarla.
-¡Claro que te quiero, corazón! Sólo que no esperaba encontrarte tan desmejorada, pero ya verás que pronto estarás normal.
-¡Pero ya no me ves linda como me decías antes!
Esto es buena seña pensó Roberto, si se preocupa porque no me parezca linda, quiere decir que sí le importa su apariencia, al fin es mujer y debe reaccionar igual que cualquier muchacha normal, lo cual va a ayudar en su recuperación.
-Amor, estás tan hermosa como siempre, lo que pasa es que me sorprendiste así tan delgadita. No es bueno estar así, puedes enfermar y no tienes defensas. Te pondrás en un régimen especial y vas a ser la gordita más bonita del mundo. Perdóname si te asusté. Vamos a acostarnos. Anda, deja ponerte tu bata. Ya veremos mañana. Dame un beso y que tengas muy bonitos sueños, mi señora.
-Me gusta que me digas así… Dijo ya somnolienta
-Buenas noches, mi amor.
Sólo bastaron unos cuantos meses para que su linda Elena recuperara su hermoso y saludable cuerpo que aún luce. Aunque realmente Roberto no antepone la belleza de su esposa para amarla, sí le interesa ante todo la salud y las virtudes más que un cuerpo sensual. Los amantes esposos, a través de toda su vida matrimonial han viajado mucho y han estado en todos los rincones del mundo. Ella siempre sorprendida con cada cosa que descubría. Ávida por aprender, por servir a las personas y ha desarrollado una cultura general envidiable. Sus altos valores morales la distinguen más que su hermosura. Roberto se considera bendecido por el Cielo al haberle dado a éste ángel que vino a dar felicidad y paz a su tranquila vida.

FIN

jueves 26 de marzo de 2009

El 14, Mi Dama...

Ya debo empezar a trabajar sobre el cuento corto, el minúsculo, aquél que no pasa de una cuartilla. Sé que será difícil, acostumbrado como estoy a extenderme en mis explicaciones. Por lo pronto, mi realización más larga a la fecha. Mi dama.


MI DAMA DE BLANCO


No sé porque hago este relato. Si es una confesión, una respuesta a esos charlatanes que escriben lo que no saben o simplemente el querer dar por terminada esa famosa leyenda de “La Dama de Blanco” como la llamó algún pretendido historiador. La historia es también conocida por el vulgo como “La Aparecida de la Pérgola” y ha sido el cuento de terror preferido entre los niños, jóvenes y adultos de Los Mochis desde hace décadas.
Mi nombre no tiene importancia y por cierto no lo diré. Aún viven personas involucradas en la historia y no es el caso arrojarlas al juicio popular. Si son tan crédulos como para dar por cierta a la manoseada leyenda, seguramente podrán darle a éste escrito el crédito que se merece.
Para pasar a las letras mi relato, me he apoyado en la discreción y buen juicio de un gran amigo. El guardará algunos secretos que le confié y contará los hechos en la forma que le plazca. Me dice que lo hará en forma novelada, en tercera persona y no como una narración directa, de mi boca. Que así sea, lo único que me interesa es que la verdad salga a la luz.
Para estos fines, debo llamarme de algún modo. ¿Qué les parece Martín Hernández? Bien, con ese nombre apareceré en adelante y por supuesto, todos los demás que aparezcan serán figurados. Y aquí inicio la verdadera historia de la Dama de Blanco ó Aparecida de la Pérgola. Por cierto, habrán de notar que en mi narración no consigno ninguna fecha, sin embargo, si leen con atención mis palabras, es posible que logren identificar algunos personajes y hechos. Todo comenzó hace muchos años, en la Ciudad de México:

-¡Caramba, Sr. Hernández! No pensé que fuera tan joven…
-Bueno Licenciado, puede ser que lo parezca, pero ya tengo 24 años…
-Así es, Martín ¿puedo llamarle así? Llegué a pensar que este asunto ocupaba de una persona un poco más madura, pero las recomendaciones que tengo me dan la certidumbre de que usted es el indicado para ésta importante investigación.
-Licenciado, puede usted tener la confianza en que pondré todo mi empeño y profesionalismo para resolver éste caso y si gusta, podemos pasar a los detalles…
-Muy bien. Mire Martín. Puede ser algo sin importancia, pero ya han sido muchas casualidades y cuando éstas se están repitiendo, me empiezan a intranquilizar. En año y medio se nos han evaporado sin dejar rastro, tres agentes viajeros visitadores médicos de nuestra empresa farmacéutica. Sus familias con toda razón están preocupadas y para ser sinceros, si se nos va un agente con su maletín lleno de muestras médicas y su cartera con el dinero de los viáticos, no nos quita el sueño, pero si ellos no se reportan con sus familias, entonces quiere decir que ha pasado algo más grave. Esa será su misión. Investigar qué les ha ocurrido.
-¿Han dado aviso a las autoridades?
-Eso fue lo primero que hicimos, sin llegar a nada. Resulta que nos ha pasado que cuanto más cerca de la frontera es el trabajo, más deserciones tenemos de nuestro personal viajero. Simplemente pasan la línea y se van a trabajar a los Estados Unidos, pero en ése caso informan a sus familiares y éstos ya no nos inquieren sobre ellos. Por tal motivo, la Policía nos dice que seguramente desertaron, se nos fueron y ya aparecerán algún día.
-¿Sólo ésta empresa presenta dicho problema?
-Martin, me impresiona usted. Brillante pregunta. Efectivamente, no somos los únicos, hay otros tres casos de dos empresas rivales y curiosamente, usted sabrá si el dato es relevante, pero uno más de los representantes que se consideraban desaparecidos, ha sido encontrado en Tepic, Nayarit completamente loco, con apariencia de vagabundo. Al parecer caminó 700 Km. a lo largo de la carretera desde Los Mochis, a donde había sido asignado.
-Los Mochis. Eso está al norte de Sinaloa, ¿Verdad?
-Así es. Es una plaza interesante para nosotros, no sólo porque día a día va creciendo a pasos agigantados, sino porque es el centro de varias poblaciones de la sierra y la costa. Le daré otro dato: La persona que fue encontrada en Nayarit no dejaba de repetir: “Ella, Mochis” está de plano en otro mundo y si no fuera porque un compañero suyo lo reconoció en la calle, aún andaría deambulando.
-¿Tendrá algún otro dato que pueda servir a la investigación?
-Bueno, verá usted. Nuestros representantes reciben una generosa cantidad de dinero para sus gastos de viaje, lo que les permite llegar a los mejores hoteles, y comer en restaurantes de primera. Sabemos que en Los Mochis, en donde presumimos que están desapareciendo, llegan al Hotel “Montecarlo”. Tenemos un telegrama enviado por uno de nuestros muchachos donde nos dice que se hospedó ahí, pero al ponernos en contacto con representantes del hotel, nos aseguran que no tienen registrado a ninguno de ellos.
- Ahí tenemos algo que no encaja…
-Hay tres plazas hacia donde puede usted dirigir también su búsqueda: El Fuerte, Sinaloa de Leyva y Guasave. Son poblaciones en donde nuestros agentes a veces requieren pernoctar por estar un poco alejadas de Los Mochis. Le daré un registro de fechas, itinerarios, fotografías y todo lo que esté a nuestra disposición sobre éste caso. Y no tengo más que agregar, sólo desearle éxito y que por favor se cuide mucho. La secretaria le dará un sobre con sus gastos y un oficio de comisión, por si tuviera algún problema en el curso de sus pesquisas.
Cansado, Martín bajó del autobús en la terminal de Los Mochis. Sentía en sus ropas el olor típico del sudor, aceite quemado de motor, vómitos de niño y una mezcla de comidas de todos tipos. Asqueado, caminó hacia la puerta de la calle conteniendo la respiración. Llevaba los accesorios usuales de un agente viajero. Una maleta de tamaño mediano con sus efectos personales y el portafolio proporcionado por el Laboratorio. Durante el viaje, estuvo estudiando cada uno de los productos medicinales, no fuera a ser que necesitara usar esos conocimientos.
-¡Taxi, joven! Le salió al paso un individuo con sombrero a la Gardel y curiosa vestimenta: Pantalón bombacho oscuro, fajado alto y camisa floja de puños apretados: La ropa parecía dos tallas mayores que la requerida y completaba la imagen un juego de cinto y zapatos blancos. Casi sin esperar la aprobación, tomó sus maletas, las colocó en el asiento delantero del anticuado auto y abrió la puerta trasera.
-Usted nada más diga a donde y llegamos rápido. Dijo el taxista sonriendo y dejando ver un diente de oro por el espejo retrovisor. Encima de su labio superior, llevaba una angosta línea de pelos cortados al milímetro que pretendía ser un bigote de chulo de barrio.
-Lléveme al Hotel Montecarlo, por favor.
-Si hubiera mencionado otro hotel, yo le hubiera recomendado ése. El mejor de Mochis, sin discusión. ¿Viene por mucho tiempo?
-Debo hacer unas visitas. No sé cuanto tiempo me tome.
-Bueno, pues dio con la persona adecuada. Yo estoy casi siempre fuera del “Montecarlo”. Nomás pregunte por “El Rafa” y si estoy disponible, lo llevaré a donde quiera. Y si quiere divertirse, hay muchos lugares donde hacerlo. Nada menos, ahora hay baile en “La Pérgola” y se ponen muy alegres. Ahí se reúnen las muchachas más bonitas de Mochis y les encantan los fuereños.
-¿”Pérgola”? Conozco las pérgolas, pero no me imagino ésta, ¿Cómo es?
- Seguramente se dio cuenta del cerro que está a la llegada. Es el “Cerro de la Memoria” ahí, subiendo un poco, hay una terraza al aire libre que hicieron sobre el depósito del agua potable. De un tiempo acá, se organizan bailes a donde va gente de todas las clases sociales. Y aparte de que la música y el ambiente es alegre, las muchachas son liberales y van un poco más allá que en otros lugares. Si se decide, yo lo llevo. Las nueve de la noche es una buena hora para ir.
-Bueno, ya veré. Primero necesito darme un buen baño y descansar.

-¿Es su primera visita a Los Mochis? Preguntó el recepcionista del hotel.
-Así es, permaneceré aquí varios días.
-Pues sea usted bienvenido. Estamos para servirle, mi nombre es Lucas. Si necesita algo no dude en llamarnos. Es sábado y habrá diversión. Este pueblo es muy alegre y fiestero. Yo le recomiendo que vaya al baile de “La Pérgola”. No se arrepentirá.
-¡Vaya! Parece que dicho baile es de lo más popular, pues el taxista también me lo recomendó…
-¿”El Rafa”? dijo el recepcionista. –Ya lo creo de él. Es capaz de invitarlo al infierno sólo para ganarse unos pesos con su destartalado taxi, pero esta vez tiene razón. No puede irse de Mochis sin haber disfrutado una fiesta en “La Pérgola” ¡Verá que muchachas tenemos aquí!
-¡Ah, Lucas! Antes de que se me olvide. Voy a mostrarle unas fotos de unos compañeros que han venido a Los Mochis, probablemente a éste hotel y hay personas preocupadas porque no se sabe de ellos.
Lucas observó las fotos detenidamente. Martín notó un ligero temblor en la mano derecha y luego la mirada huidiza del sujeto cuando le preguntó:
-¿Los conoce? ¿Los habrá visto en alguna ocasión?
-Eh… No, no creo, aquí viene mucha gente, yo los recordaría si… pero no, no los he visto jamás…
-Bueno, es todo, sólo le pregunté por si acaso…
Martín tomó un buen duchazo y pasó buena parte de la tarde durmiendo bajo el ronroneo del abanico de techo y los ruidos que por la ventana abierta entraban al cuarto desde la calle.
Pasó el resto del día visitando farmacias. Cuando les mostraba las fotos, algunos de ellos eran reconocidos, otros no. La investigación por este flanco no le estaba dando resultados, pero debía agotar esa línea.
Moría la tarde cuando llegó al Restaurant “Pacífico” a una cuadra del hotel. Tomó una cena ligera. Aprovechó el momento para enseñarle las fotos al mesero, con resultados negativos. Cuando cruzaba la calle para ingresar al hotel, lo atajó “El Rafa” el taxista.
-¡Que pasó! ¿Ya se animó?
-¿Yo? ¿De qué? No entiendo.
-¡Que si va a ir al baile de “La Pérgola”, el que le dije!
-¡Ah, sí! Bueno, pues creo que sí iré… ¿a las nueve?
-Un poco antes, paso por usted. No se arrepentirá…
El taxi iba dando tumbos. Las calles de Los Mochis eran muy anchas, pero sumamente descuidadas. Pasada la temporada de lluvias, todo había quedado hecho un desastre. Había una luna blanca, enorme, que iluminaba todo casi como si fuese de día.
El baile no había llenado sus expectativas. La música era bastante ruidosa, con la banda tradicional. No quería imaginarse cómo sería si fuera un local cerrado, probablemente se vendría abajo con el estruendo. Las mujeres eran demasiado jóvenes ó demasiado viejas para su edad. No encontró ninguna de su agrado. “El Rafa” le dijo que estaría dando viajes para llevar gente al baile y que sólo esperara un momento cuando quisiera irse.
Se dirigió a la entrada para escabullirse. En eso estaba cuando apareció la mujer más bella que sus ojos hubieran visto jamás. Parecía sacada de un catálogo de novias. Un largo vestido blanco aperlado con un elegante chal sobre sus hombros. Su piel blanquísima se veía como nácar bajo la luz de la Luna. Unas ligeras sombras en sus ojeras realzaban su aire de majestad misteriosa. El largo pelo castaño caía en guedejas hacia el pecho en donde yacía un pequeño crucifijo entre dos hermosas colinas. Sus grandes ojos claros estaban guarnecidos de largas y tupidas pestañas y más arriba unas cejas de fino corte. No pudo dejar de notar la perfección de su barbilla, su nariz, sus pómulos. Toda ella digna de ser pintada por el mejor de los maestros. Su esbelto cuerpo delineado por el albo vestido era ceñido hasta las caderas y suelto hasta casi tocar el suelo. Al caminar parecía deslizarse. Sin embargo, trastabilló un poco con las piedrecillas que había en la entrada.
Martín atento, le ofreció su brazo que ella gustosa enlazó agradeciéndole con una bella sonrisa. Llegaron hasta el centro de la pista y ella graciosamente colocó su mano en el hombro de Martín invitándolo con ése ademán a bailar. La banda tocaba a ritmo de Fox-trot a la que se acoplaron perfectamente en las evoluciones del baile. Siguieron unos valses que fueron impecablemente seguidos por la pareja continuando así hasta el fin de la tanda. Siguieron bailando el resto de la noche. En los momentos en que la música enmudecía, se dedicaban a contemplarse y hablaban muy poco. Se llamaba Isabel. Sonrió cuando le dio su nombre:
-¿Martín? Me gusta, me encanta ése nombre. Dijo con voz acariciadora.
El se sentía transportado al Paraíso. Siempre se había creído desdeñado por las mujeres y he aquí que un ángel bajado del mismísimo Cielo, lo acompañaba y mostraba interés en él. Como un zorro acechante, para no espantar a la paloma, Martín se mostraba cuidadoso al elegir sus palabras.
-Isabel. ¿Te gusta la poesía?
-Me encanta, sobre todo cuando es apropiada al momento…
-Veamos si te gusta ésta, dijo Martín señalando una nube que pasaba lentamente cerca de la Luna:
“Ayer estaba mi amor como aquella nube blanca que va tan sola en el cielo y tan alta, como aquella que ahora pasa junto a la luna de plata.
Nube blanca, que vas tan sola en el cielo y tan alta, junto a la luna de plata, vendrás a parar mañana, igual que mi amor, en agua, en agua del mar amarga.
Mi amor tiene el ritornelo del agua, que, sin cesar, en nubes sube hasta el cielo y en lluvia baja hasta el mar.
El agua, aquel ritornelo, de mi amor, que, sin cesar, en sueños sube hasta el cielo y en llanto baja hasta el mar.”
-¡Martín, es preciosa! Dijo alborozada Isabel al tiempo que lo abrazaba y le daba un cálido y estremecedor beso en su boca. Martín quedó casi paralizado con una extraña emoción. La abrazó con gran ternura y devolvió el beso en forma lenta y sensual. Sintió el temblor de Isabel y pensando que tenía frío la arropó amorosamente con su saco.
El baile terminaba y se encaminaron a la salida. Ahí estaba “El Rafa” con una amplia sonrisa invitando a la pareja a pasar a su auto. Durante el viaje de regreso no despegaron sus labios uno del otro. Fue un beso tan largo como el camino, pero para Martín fue tan corto como un suspiro. Finalmente hubieron de separarse después de un buen rato de estar parado el taxi frente a la casa de Isabel. Tampoco sintió Martín el viaje de regreso al hotel ni cuando llegó a su cuarto donde quedó dormido sin desvestirse y soñando con un mundo hermoso hecho especialmente para él.
Al día siguiente, domingo a media mañana, salió Martín bañado y vestido con un fino traje de lino blanco. Su cara denotaba alegría y ansias de vivir. En el bolsillo interior de su saco, llevaba un papel en donde escribió, con su mejor caligrafía, el poema que tanto había gustado a Isabel cuando se lo dijo en encendidos versos la noche anterior, sólo que ahora llevaba su título: “Como Aquella Nube Blanca” y el crédito a su autor, León Felipe. Buscó a “El Rafa” hasta que lo encontró comiendo mariscos en un puesto cerca del hotel.
-Buenos días, patrón. ¿Lo llevo a ya sabe donde?
-Jajá, tú si sabes. Claro, llévame. Ella se quedó con mi saco y eso es un buen pretexto para verla.
-Pues cuidado, jefe, una cosa son las mujeres arregladitas para el baile y otra cuando están de fachas en su casa.
-¡Oh, ya calla y llévame! No me harás perder la ilusión de ver su belleza.
Cuando llegaron a la casa, pidió al taxista que esperara por si tenían que salir a algún lado. Se compuso el saco, se quitó alguna pelusa imaginaria de la manga, pasó su mano por el cabello, tragó saliva y por fin se decidió a tocar la puerta. Al tercer toque, apareció una señora de edad madura.
-Buenos días joven, ¿en que le puedo servir?
-Buenos días señora, eh… busco a Isabel… ¿Si? …por favor…
-¡Oiga! ¿Qué le pasa? ¿Viene a burlarse del dolor de una pobre madre?
-¡No señora! ¡De ninguna manera! Discúlpeme, sólo vengo a buscar a Isabel, ¿Esta es su casa, No?
-Le repito muchacho. No sé cual sea su intención…
-Señora, anoche acompañé a Isabel hasta ésta puerta, ella entró aquí…
-¡Ay Dios! Entre joven, por favor. Vamos a platicar.
-Dígame, ¿dónde la conoció?
-Anoche, en el baile de “La Pérgola”…
-¿Cómo iba vestida?
-Un vestido blanco, largo, llevaba un chal y un pequeño tocado de florecillas blancas en el cabello…
-Mire ésta foto. ¿Iba igual?
-¡Sí, sí, es ella! ¡El mismo vestido!
La señora se sentó en un sillón dando muestras de agitación…
-¡Ay no, Dios mío! ¡Ya déjala en Paz! ¡Ten Misericordia!
-¡Señora! ¿Qué pasa? ¡Dígame por favor!
-¡Ella esta muerta! ¡Muerta desde hace cinco años! Hay veces que regresa, que se muestra, algunos la han visto, ¡Su Alma no descansa en Paz!
-¡Señora, no es posible!
-¡Ay joven, que más quisiera yo!... ¿Está el taxi fuera? ¡Venga, vamos! ¡Lo llevaré con mi Isabel!
Regresaron a “La Pérgola” Ahí abajo, a unos pasos está el viejo panteón de Los Mochis. Penetraron por una puerta lateral y a unos pasos del cerco, estaba una bien cuidada tumba. Una placa grabada en mármol blanco decía “Para Isabel, nuestra hija, nuestra hermana. Descanse en Paz”. Luego, abajo, la fecha de cinco años atrás. Martín sintió un mareo y estuvo a punto de caer, cuando vio colgando sobre la cruz, su saco, el que había prestado a Isabel. La señora lloró un momento y musitó algunas oraciones. Martín, consternado, no acertaba a decir palabra alguna.
Salieron del panteón, volvieron a la casa. Martín se dejó conducir a la mesa, donde se sentó y la señora le preparó un té de olor indefinido que el abatido joven bebió en pequeños sorbos. Mientras, la señora le contaba algunas cosas sobre la muerte de su hija.
-Era bellísima mi niña, le encantaba bailar, lo hacía muy bien. Aquella noche, ella estaba un poco afectada por un resfriado. Aún así quiso ir al baile. No debí haberlo permitido. La niebla, el frío, las bebidas heladas la afectaron tanto que se le declaró una pulmonía. Fue tan rápida, en cuatro días mi querida hija dio su último suspiro. Desde entonces lloro y rezo todos los días. Martín trató de responder algo, pero su lengua, al igual que sus párpados pesaban como plomo. Quiso levantar una mano, pero cayó floja sobre su regazo. Finalmente, su cabeza se apoyó en la mesa y la señora hizo una seña de aprobación a “El Rafa” que se encontraba detrás de Martín.
-Ya cayó, ahora ayúdame a llevarlo al cuarto de enseguida mientras vemos lo que hacemos con él.
Lo acostaron en una cama donde lo dejaron durmiendo tranquilamente. Más tarde, cuando la oscuridad ya era cerrada, Martín, despertó y trató de moverse, pero le fue imposible. Oyó un ruido en la puerta y leves pisadas. Sintió que alguien se sentó en la cama y luego una respiración muy cerca de su cara. Unos labios cálidos se posaron en los suyos y reconoció los dulces besos de su bella fantasma. No sintió miedo, al contrario una emoción lo recorrió y pensando que había muerto, agradeció al Señor el premio concedido. Ella lo siguió besando y le susurró al oído palabras de conmiseración.
-Perdóname cariño. Realmente no hubiera querido esto para ti. Fuiste especial y jamás te olvidaré, pobrecillo mío. Nunca me he sentido tan adorada como me hiciste sentir tú. Siempre habrá un pedacito de ti en tu Isabel. Todo fue tan rápido. Adiós mi amor…
Isabel dio de nuevo un largo y sentido beso a Martín, acarició sus cabellos, derramó unas lágrimas sobre la cara de su efímero amado y salió lentamente de la habitación, dejando la puerta entreabierta…
-Oye Tía ¿y ahora no se te habrá pasado la mano de nuevo?
-No hombre, “Rafa”, cada vez le he ido bajando la dosis. Lo que pasa es que la bruja que me dio la receta no me dijo cuánto le echara de la yerba y ahí me he ido probando y probando.
-Tía, ¿pero no se mueren con esto?
-No, Isabelita. Esta cosa la utilizan las mujeres celosas para volver idiotas a sus maridos. Con el primero que la usé fue con mi viejo y vaya si se me pasó la mano, que ya está a dos metros bajo tierra, pero creo que ahora sí tengo la medida.
-Y me puedes decir: ¿De dónde sacaste ésta historia de “La Aparecida”?
-Mira niña, éste cuento en todos lados hay, en Mérida, en Guanajuato, en Zacatecas, en Guadalajara…y la gente es tan imbécil que cada quién cree que en su pueblo sucedió y los demás son copias del original, el de ellos. Simplemente, se me ocurrió hacerlo y de eso nos hemos mantenido ¿No? Ya verán que todo quedará oculto con los cuentos del pueblo, la historia la repetirán una y otra vez hasta que se la crean…
-Pues yo ya no quiero hacerlo, se me hace mucho riesgo y además me dan lástima, cómo quedan después, inservibles, ahí andan de loquitos por la carretera. Además, como yo soy “La Aparecida” me arriesgo mucho…
-Usted se me aguanta niña, ya pronto vamos a terminar con esto. Ándele, ábrale al Lucas, parece que ya llegó.
-¡Que pasó, muchacho! ¿Cómo nos fue ahora?
-Yo creo que bien Tía, éste venía bien forrado…
-Bueno, quemen en la hornilla del patio todos los papeles y esas cosas peligrosas y dame el dinero para acá, vamos a contarlo…
Y Luego llévense a éste tipo y tírenlo por allá lejos en la carretera. Cámbienle de ropas nada más, porque se puso muy elegante para venir a la visita.
-¡Yo lo haré! Dijo Isabel presurosa.
Entró de nuevo al cuarto y fue desvistiendo a Martín con cuidado. Al retirar su saco, encontró la tarjeta donde estaba el poema dedicado a ella. Sus ojos se llenaron de lágrimas y volvió a besarlo y pedirle perdón.
-¡Ay querido mío! ¡Cuánto daría por ir contigo! ¡Por pasar el resto de mi vida juntos! ¡Tengo mucho miedo por ti! ¡Jamás podré olvidarte!
Por fin pudo terminar de vestirlo con unos andrajos y salió compungida de la habitación, tratando de ocultar sus emociones.
Martín, en su inmovilidad había escuchado todo. Por fin entendió lo que le había pasado a los agentes y por supuesto a él. Pero había algo que lo había dejado transfigurado y era el saber que amaba y era amado. No sabía que pasaría con él, pero de vivir, dedicaría el resto de su existencia al ser más adorable sobre la tierra: a su bella Isabel.
Lucas y “El Rafa” llevaron a Martín al taxi. Antes de subirlo, Isabel apareció con un cobertor que echó sobre sus hombros. –Hace frío ésta noche…. Dio como excusa.
-Vamos a tirarlo por el rumbo de San Miguel, dijo Lucas.
Martín despertó completamente consciente, aunque un poco mareado. Las estrellas aún brillaban en la fresca madrugada. Casualmente lo habían dejado junto a un campo de tomates a punto de cosecha, pues los jornaleros iban descendiendo de un camión para iniciar sus labores. Martín se confundió entre ellos y trabajó un turno completo.
Necesitaba ordenar muchas cosas de su vida y para ello ocupaba dinero, tiempo y esconderse de los estafadores. Ya se le ocurriría qué hacer para volver a la vida normal, aunque sabía que después de conocer a Isabel, nada sería normal. Al segundo día de trabajo, el capataz preguntó si alguien sabia leer y escribir y cuando Martin alzó la mano, inmediatamente le dio un cargo administrativo en el campo. Al terminar la semana, se vio poseedor de una pequeña cantidad de dinero y se presentó en las inmediaciones de “La Pérgola” a esperar el inicio del baile del sábado.
Isabel apareció radiante, hermosa, enigmática, con su vestido blanco y su cara un poco triste, pero atractiva como nunca. Tropezó al llegar y fue auxiliada por un bien parecido joven con quien, había que reconocerlo, hacía una magnífica pareja. Entre las enredaderas, Martín vio como su Dulcinea era transportada en los brazos del aún afortunado muchacho por todos los rincones de la pista de baile y finalmente, por casualidad quedaron apoyados platicando cerca de donde pudiera escucharlos. Ahí estuvo al tanto de la educada conversación del joven y de los monosílabos con los que Isabel contestaba algunas preguntas. Cuando él buscó sus labios, ella los evadió y sólo alcanzó a darle un pequeño beso en su mejilla.
Por fin, la fiesta terminó. Martín caminó entre las sombras hacia la entrada y vio a “El Rafa” elegantemente ataviado en su blanco traje de lino y tuvo que contenerse para no ir a golpearlo. Para su sorpresa, Isabel no subió al taxi, sino que regresó a su casa en un automóvil de lujo que llevaba el distinguido joven. El taxi lo siguió a distancia. Martín permaneció cerca, pues tenía una tarea que hacer al día siguiente.
Era domingo. Hacia mediodía, Martín tomó una posición que le permitía vigilar los accesos a la tumba de la falsa Isabel. Había decidido desenmascarar a la vieja estafadora ahí mismo, cuando quisiera llevar a efecto la farsa. Pensó que no tardaría en llegar el taxista para colgar el saco del joven, sin embargo pasó todo el día y nada de esto sucedió. Caminó entonces hacia la ciudad y logró llegar al domicilio de su amada y al mismo tiempo, nido de bribones. Estuvo cerca de ahí, vigilante hasta que, alrededor de las once de la noche llegó el auto de lujo y su Isabel ¡hermosísima! Se despidió con un beso al aire de su acaudalado pretendiente.
Martín se encontraba comiendo junto a la labor acompañando a los jornaleros, cuando uno de ellos le advirtió:
-¡Cuidado Martín con el Toloache!
-¿Cómo, cuál es?
-Ésa yerba que tienes a la derecha que tiene bolas verdes con espinas. Es venenosa, pero manejada con cuidado te puede dormir un rato o te hace ver visiones. También es medicinal, nada más que no se pase la dosis, porque entonces sí te quedas loco o te mueres.
-Había oído hablar de ella. Así que éste es el famoso Toloache…
Cuando acabó el turno y se encontró a solas, Martín tomó varias de las carnosas hojas y tallos de la planta y las molió con una piedra hasta que escurrió un líquido verdoso, el cual recogió y vertió en un pequeño frasco con gotero. No tenía idea aún de cómo emplearlo, pero era mejor tenerlo a su alcance, por lo que se pudiera ofrecer…
Al día siguiente no hubo cosecha. Martín aprovechó para ir a ver a su amada, pero no apareció fuera de su casa. Ya se iba desilusionado, cuando la puerta se abrió y salió la vieja bruja, la ya conocida Tía. La siguió de lejos hasta que llegó al mercado. Se acercó a ella con el peligro de que notara su presencia.
-¡Buenas Doña Cheba, que la trae por aquí…! Le dijo un hombre tras el mostrador de un puesto de venta de verduras.
-¡Hola Don José! Sólo vengo por mis verduritas frescas…
-Usted escoja las que guste, ya sabe… y dirigiéndose a un muchacho que estaba por ahí, le dijo arrojándole una moneda: -¡Trae a la Doña su refresquito de vainilla!
-¡Ande! Usted si sabe cómo tratarme…
-A usted nomás, ya sabe que es la única…
-¡Ay, usted! ¿Y qué dijo? ¡Ya se lo creyó! ¡La única, jajajá!
Martín se retiró. Era suficiente por ahora y no quería ser visto aún. Se dirigió a la “Casa Hays” una tienda muy completa donde antes había visto unas bicicletas en venta. El capataz del campo le había regalado una, pero le hacían falta algunas piezas. Aún estaba ahí cuando vio a su rival de amores que entraba precipitadamente, dirigiéndose al mostrador.
-¡Don Ernesto! ¿Aún tiene boletos para el baile del Centro Social?
-¡Claro hijo, sólo cálmate! Tómate un refresco, pero primero saluda…
-¡Ah, sí, Señor, discúlpeme, buenos días! Voy a querer dos.
-¿Dos refrescos? Dijo el Señor con sorna.
-¡No, Don Ernesto, dos boletos! Llevo una invitada.
-¿La novia acaso?
-¡Ojalá, Don Ernesto! Eso quisiera.
-Por lo visto sí quisieras, ¿pero ella? ¿Ya le has preguntado?
-Bueno, no, sólo hemos salido un par de ocasiones, pero creo que no le soy indiferente…
-Bueno, jovencito. Si ella es lista, no te debe poner ni un pero. Un profesionista de muy buena familia, bien parecido, con todo un futuro por delante, de buen carácter y de una gran moralidad. ¿Qué más puede pedir? Y a todo esto, ¿Quién es ella?
-Su familia no es conocida. Ella vive con su Tía, es huérfana. Es bellísima y se nota que son de muy buenas costumbres.
-Bien muchacho, pues suerte y ya la conoceré el próximo sábado. No dejes de presentármela. Me saludas a tus padres.
-Con gusto, Don Ernesto. Gracias y hasta luego.
Vamos, vamos, pensó Martín. Ya sé que se traen entre manos mi adorada y su horripilante Tía. A emparentar con una de las mejores familias de Los Mochis y así entrar directo a lo más alto de la sociedad mochitense. Muy buen plan. Caminó dos cuadras y se vio frente al Centro Social. Bajo el cartel que anunciaba el baile, aparecía uno más pequeño donde solicitaban personal para el sábado. Entró y fue contratado de inmediato.
El sábado llegó temprano al salón y ayudó a instalar las mesas, la mantelería, el servicio, a lustrar la pista de baile y quedó cerca de ahí por si algo se ofrecía y levantar al final del festejo todo el mobiliario. Martín no pudo verla cuando subió las escaleras e irrumpió en la sala, pero sí la observó de lejos con su altivo porte, cuando se dirigían a su mesa y saludaba con una leve inclinación de cabeza acompañada de una graciosa sonrisa a las amistades y familiares de su guapo acompañante. Otra vez, Martín hubo de reconocer que no había mejor pareja en el baile que su Isabel y el que seguramente era el hombre más envidiado de la fiesta, Eduardo, el joven profesionista, el rico heredero, el soltero codiciado.
Martín entró a una sala aledaña donde se guardaban mesas y sillas, se sentó al amparo de las sombras en el antepecho de una de las ventanas y dormitó un rato. Unos pasos lo despertaron de su ligero sueño. Escuchó una conocida voz, semejante al canto de un jilguero:
-¿Por qué me traes aquí?
-La música, está muy fuerte y necesito hablar contigo…
-¡Eduardo, yo…!
-¡Si, Isabel! Te entiendo, todo ha sido muy rápido, pero ya nos conocemos un poco, hemos salido juntos y…realmente te necesito, quisiera formalizar nuestra relación, es decir…si quieres ser mi novia…
Eduardo sacó del bolsillo de su saco un estuche que abrió de inmediato. La luz de la Luna reflejada en las facetas de la gema, se distribuyó por el reducido espacio del salón. Tomó la mano de Isabel y deslizó el anillo en su esbelto dedo desnudo.
-Eduardo, no... Mira es que estoy confundida, acabo de pasar por algo que me ha marcado…
-¿Qué quieres decir? ¿Hay otro en tu vida?
-¡Sí! Eh… ¡No! Más bien es que significó mucho para mí y yo no fui buena con él y ya no hay remedio, pero aún tengo muy vivo su recuerdo.
-Isabel, sólo dime. ¿Hoy significo algo para ti?
-Sí Eduardo, ¡Mucho! Pero hay cosas que aún no puedo olvidar, que no quiero olvidar…
-¿El vive aquí en Mochis?
-¡No! El murió…o casi, no sé…no sé donde está…
-Bueno, cariño, yo no veo nada malo en que lo recuerdes, creo que eso te enaltece. Sólo quiero que me des a mí la oportunidad de vivir en ti, que me des un lugar en tus pensamientos ¿Crees que puedes? ¿Me aceptas?
-Sí, ¡Sí Eduardo! ¡Gracias por aceptarme tú a mí! ¡Perdóname, pero debía decírtelo! ¡Tú eres muy bueno, mereces lo mejor!
-¡Tú eres lo mejor que ha pasado en mi vida…! Dijo emocionado Eduardo, besándola a la luz de la Luna. Apuntó con su dedo hacia el cielo y dijo:
-Mira amor, aquella nube blanca… y recitó:
-“Ayer estaba mi amor como aquella nube blanca que va tan sola en el cielo y tan alta, como aquella que ahora pasa junto a la luna de plata”…
-¡Eduardo! Exclamó sollozante Isabel y cayendo desmayadamente en sus brazos lo besó con pasión, con entrega, con ternura.
Eduardo sorprendido, aprovechó el regalo y le devolvió sus besos. Después de un rato que pareció eterno al involuntario testigo, Isabel quiso volver a la sala de baile. Martín vio los últimos destellos del anillo antes de que cerraran tras de sí la puerta. Quedó perplejo. Al término de la fiesta, mientras acomodaba los muebles y doblaba los manteles, estuvo pensando en su destino y decidió lo que ya tenía como objetivo de su vida. Adorar a Isabel mientras tuviera aliento.
Martín firmó la carta, la dobló y metió al sobre. Usando su lengua, remojó el borde de la solapa y lo cerró con esmero. Luego pegó la estampilla y la depositó en el buzón. Sentía un poco de remordimiento. El había prometido actuar con profesionalismo y en realidad estaba engañando a su cliente. En la carta que pronto viajaría a la Capital, le decía al Licenciado Jiménez, quien lo había enviado a ésta tierra, que realmente los agentes habían estado en la región y por alguna razón desconocida habían desaparecido, sin embargo, podía darle algunos motivos. Por un lado, era probable que hubieran emigrado a los Estados Unidos y por otro era muy posible que, subyugados por la belleza de las mujeres de ésta tierra, sus desaparecidos agentes estuvieran en algún pueblo de la sierra o de la costa viviendo un romance y ofrecía dos pruebas: El loco que encontraron en Tepic y él mismo, que a causa del amor de una mujer, se quedaría a vivir en Los Mochis y jamás volvería a la Ciudad de México. Que consideraba saldada la cuenta de la investigación en virtud de los pobres resultados y que próximamente le enviaría una dirección postal, mientras tanto, podrían escribirle a lista de Correos. De cualquier manera, pensaba seguir con la tarea, buscando entre los locos que vagaban en las cercanías, pero ahora no tenía tiempo para ello.
Luego, se dirigió al mercado. Tenía un plan bien trazado. Sólo esperaba que todo saliera conforme a sus deseos. Compró un refresco de vainilla, era una especie de tónico que tenía cierto gusto medicinal. Lo abrió con cuidado, vertió la mitad del frasco de jugo de Toloache, lo volvió a cerrar y se acercó a la casa de Doña Cheba, la bruja estafadora. Tuvo el gusto de ver salir a su reina en el auto de su novio, probablemente a alguna función de cine, pues llevaba algo para cubrirse del fresco de la noche. Vio un muchacho que pasaba frente a la casa de la vieja y lo abordó.
-¡Oye muchacho! ¿Sabes donde vive Doña Cheba?
-¡Ah sí! Ella vive en ésa casa verde.
-Mira, hazme un favor – y le dio una moneda -Llévale éste refresco de parte de Don José el del Mercado, le dices que el señor te dijo que era para su consentida…
El muchacho hizo un gesto de picardía y corrió a cumplir el encargo. Martín no esperó mucho, en cuanto vio que abrieron la puerta, se fue de ahí apuradamente.
Pasaron dos días. Martín pasaba con su bicicleta cerca de la Iglesia, cuando al rebasar un lento cortejo fúnebre que iba llegando al Templo, casi choca en un costado del taxi de “El Rafa”, junto a él en el asiento delantero iba Lucas con gesto serio. Volteó la cara y estuvo a punto de quedar en el ángulo de visión de su querida Isabel, quien vestida de negro, con su linda cara velada y cabizbaja, iba en el interior del auto de su novio. Martín luego imaginó lo que había pasado. La dosis del veneno fue excesiva y la vieja bruja ya no contaba en éste mundo. Sintió la liberación de una parte de su vida. Mientras esa horrible mujer existiera, él no podría vivir en paz. No por él, sino por su Isabel. Pensaba que la había librado de un terrible escollo. Ahora sólo faltaba eliminar a otros dos obstáculos para que su felicidad fuera completa. Arriesgándose, se quedó unos momentos fuera del Templo escuchando las conversaciones. Así, supo que la vieja había enloquecido, salió a la calle gritando alucinada, desgarrando sus ropas. Finalmente su corazón no resistió y después de una agonía de varias horas murió entre gritos y maldiciones.
Dejó pasar dos semanas. Un día llegaba a observar frente a la casa de Isabel cuando la vio en la acera, con su linda cara encendida y arrebatados ademanes discutiendo con Lucas y “El Rafa”. Martín tuvo que reprimir el impulso de intervenir a favor de su bella enamorada. Inmediatamente imaginó el motivo de la polémica: La estaban presionando para seguir con el negocio de la Tía. Ahí mismo resolvió que había llegado el momento de parar todo esto.
A la tarde siguiente, despachó un mensaje al Hotel Montecarlo. “Vengan tú y “El Rafa” a la tumba de la Tía a las 4 de la tarde. Lo dejó sin firma. Usó una caligrafía lo más femenina posible. El recado lo envió con poco margen de tiempo. Sólo por si era necesario, había conseguido una pistola con un trabajador del campo. Compró unas cervezas, preparó dos de ellas con el extracto ya conocido dividiendo la mitad del frasco que le quedaba entre las dos botellas y esperó tras una alta tumba. Escuchó el ruido del taxi tras el cerco del panteón y cuando los vio de pié frente al aún fresco amontonamiento de tierra encima de los despojos de su ladrona Tía, les dijo con voz grave:
-¡Siéntense Señores! Debemos platicar. Lucas trató de huir, pero Martín sacó rápido la pistola y aquél quedó paralizado.
-Siéntense les digo. Vamos a hablar de negocios…
El par de pillos se sentaron y Martín sacó una cubeta con cervezas. Abrió las dos que ya tenía señaladas y se las ofreció. Los bribones, nerviosos, apuraron la mitad de un solo trago.
-Nosotros nunca quisimos hacerte daño… Dijo Lucas.
-¡Cállate! No vine a hablar de eso. Sólo díganme que ha pasado con los demás que les han robado.
-Por ahí andan, en los alrededores, vagando. Dijo “El Rafa”.
-¡Termínense la cerveza, que aquí hay más!
Se la terminaron y les ofreció otra, que bebieron más rápido que la primera. “El Rafa” Ya tenía los ojos vidriosos, mientras Lucas parecía a punto de caer dormido. Martín los condujo dócilmente al taxi, los introdujo al asiento trasero, donde quedaron dormidos uno encima del otro. Abrió la enorme cajuela, guardó la bicicleta en ella y salió de la ciudad hacia el sur, donde se inicia el Estero de Ohuira. Con dificultades los bajó arrastrando como fardos en la fangosa playa poblada de cangrejos y ahí los abandonó. Luego dejó el carro a varios kilómetros de ahí en la parte más opuesta, en la orilla del río y en su bicicleta llegó con los últimos rayos del sol al campo agrícola donde trabajaba. Confiaba que iban a sobrevivir, pero quedarían locos como dejaron a los infelices viajeros que desgraciadamente fueron a quedar entre sus avariciosas garras.
Estuvo pendiente del periódico en los días que sucedieron. Habían encontrado el taxi y notaron que llevaban cervezas. Alguien dedujo que se habían metido a bañar al río en estado de ebriedad y éste se los había tragado. Como nadie los reclamaba, no se preocuparon mucho por buscarlos y los dieron por desaparecidos. A Lucas lo habían visto abordar el taxi ésa tarde así que también lo anotaron como ahogado en el río.
La bella Isabel no se entretuvo en guardarles luto a sus parientes si es que en verdad lo eran. Libre al fin de las ataduras del pasado, su vida cambió diametralmente. Al lado de su prometido era la admiración de las gentes de alcurnia de Los Mochis en cuanta fiesta o lugar de postín se presentaran. Eduardo precipitó la fecha de la boda. No quería que su amada Isabel pasara más tiempo sola.
Corría el rumor en el antiguo barrio de Isabel, que ella había encontrado un gran tesoro enterrado que su Tía con codicia había guardado y acrecentado año tras año, y nosotros lo sabemos, pillería tras pillería. Es muy posible que fuera cierto, porque de ahí en adelante Isabel fue una mujer no sólo conocida por su belleza, sino también por su altruismo y generosidad.
Martín disfrutó como el que más los esponsales de Isabel. Estaba bellísima. Le dio un vuelco en el corazón cuando leyó una invitación de la boda que una dama dejó descuidadamente sobre una banca de la Iglesia: Era un pergamino en cuya parte central aparecía un bello poema: “Aquella Nube Blanca” era copia fiel, con su misma letra, de aquella que le había escrito a Isabel. Lo guardó como uno de sus tesoros más preciados. La fotografía de los novios se exhibió muchos años en el aparador del estudio fotográfico. Su enamorado y oculto protector coleccionó recortes de periódico, fotografías hechas con telefoto en la playa, en las fiestas, donde quiera que la encontrara. Aprendió a pintar y completó una impresionante cantidad de cuadros de gran calidad y belleza. Martín casi moría de preocupación cuando Isabel estaba internada en un Sanatorio para dar a luz a su primer bebé y luego por poco muere de gusto cuando se enteró por el periódico que la criatura no llevaba el nombre de su padre, sino que llevaba su propio nombre. Ahí comprendió cuánto significaba él para Isabel y cuánto ella para Eduardo y empezó a tener para él un respeto que rayaba en la veneración.
Así pasaron muchos años dedicados por parte de Martín a adorar y reverenciar a su amada Isabel quien sin duda ha llevado muy dentro de su corazón un lugar reservado a aquél breve amor, víctima de un engaño, de una estafa. Hoy, los dos viven su ancianidad. Su existencia sigue llena de amor. El adorándola y rogándole al Cielo que se lo lleve antes que a ella e Isabel, ignorante de la existencia de su Romeo, pero feliz porque tiene a Eduardo, un hombre bueno que la quiere y unos hijos que la veneran, pero si alguien pudiera asomarse a su corazón, seguramente vería un rinconcito ocupado por quien despertó por primera vez en su vida la chispa del Amor.
Isabel, su esposo Eduardo y sus hijos, forman una respetable, conocida y estimable familia de los Mochis. Ella puede vivir tranquila. No habrá nadie que revele su secreto. Sé que muchos matarían para saber su verdadero nombre y su distinguido apellido. No hay necesidad de ello, sólo vean las páginas de sociales, las revistas especializadas en los hechos de la alta sociedad de Los Mochis y ahí los encontrarán. Sonrientes, Amantes, Felices y Orgullosos de sus hijos, conocidos hombres de empresa y sus hijas, dignas esposas y madres de familia, que les han regalado hermosos nietos a unos abuelos alegres, cariñosos y consentidores.

sábado 21 de marzo de 2009

Y llegué al Trece

Quién sabe en que pensaba cuando inicié este cuento. Simplemente empecé a escribir... y resultó esto. A mí me gustó al final, me divertí al escribirlo. Espero que a ustedes les divierta leerlo.
Una Oveja Descarriada

Recibió el nuevo día con un dolor insoportable en la sien derecha, una sed terrible unida al profundo malestar de su estómago y la sensación de estar meciéndose al compás de las olas en la cubierta de un barco. El sol furioso penetraba por la ventana desde el oriente taladrando su piel e iluminando los más recónditos lugares de su maltratada bóveda craneana. Abrió las aletas de su nariz tratando de tomar una mayor porción de oxígeno y un polvillo suspendido en el aire lo hizo estornudar con violencia, lo cual extrañamente le aliviaba la jaqueca. Cubrió su cabeza con la almohada y trató de seguir durmiendo otro rato. El picor de los rayos solares sobre su espalda desnuda no se lo permitió. Se sentó en la cama, despeinado, con la mirada perdida de sus ojos inyectados y el mareo persistente y rítmico. Apenas tuvo tiempo de llegar al sanitario donde volcó todo el contenido de su cavidad gástrica. Lavó su cara en el lavabo, se enjuagó la boca y alisó sus cabellos rebeldes.
Al salir del baño, escuchó una voz de soprano semejante al gorjeo de un pájaro cantor que revoloteaba por la casa. -¿En dónde he escuchado antes ésta canción? Se dijo con curiosidad. Puso atención al cántico:
-“…ángeles, yo siento ángeles, yo siento ángeles a mi alrededor…”
Se dirigió hacia la cocina y ahí estaba la dueña de la dulce voz. La contempló un instante: Alta, muy alta, de una blancura de piel exagerada, de finas facciones sin gota de maquillaje y fue todo, no había más que ver. Su austero vestido oscuro y monacal estampado con florecillas blancas llegaba muy abajo de sus rodillas, sus piernas estaban enfundadas en unas medias gruesas y sus pies en rudos zapatos negros con hebilla. El cabello rubio y opaco estaba cubierto con un sombrero de paja de alas anchas adornado con un listón negro circundando la base de la copa y sus manos ocultas a la curiosidad de las miradas por unos guantes de estambre. Juraría que la había visto en alguna película de guerra como enfermera del ejército alemán. La escoba que accionaba era la generadora del polvillo medicinal que aliviaba su jaqueca.
-Eh ¡Hola! ¿Qué estás haciendo aquí?
-¡Ay! -Exclamó sorprendida la joven. -No lo oí llegar, buenos días, cómo eh, cómo…No se siente bien ¿Verdad?
-¡No! Digo… ¿Quién eres?
–Bueno, yo soy… ¿No se acuerda de mí? ¿No se acuerda de nada?
–Disculpa, estoy algo atontado, siento la cabeza un poco revuelta. ¿Puedes decirme tu nombre y cómo llegaste aquí?
–Yo… titubeó la muchacha. Yo soy Angélica ¿recuerda? Soy su esposa desde ayer que nos casamos…
Daniel percibió cómo el dolor se situó agudo atrás de sus ojos y sintió una fuerte resequedad en la garganta que ardía como fuego al hablar.
-¡Ay, niña! ¡Espera! Creo que primero me daré un baño y luego aclaramos ese asunto. ¿Quieres?
-¡No! ¡Ya me bañé temprano, mi Señor, muchas gracias! Mejor prepararé el desayuno…
-No te estaba invitan… ¡Bueno! ¡Basta! Ya vuelvo.
Las nubes que poblaban su cerebro se empezaron a disipar con la ducha fría y el vigoroso frotamiento que se dio en todo el cuerpo con el cepillo de baño. Aseó su dentadura, se afeitó con cuidado y pasó a la recámara. Creyó que había entrado a otra dimensión. La cama se encontraba impecablemente tendida y ahora estaba alineada de norte a sur. Su ropa doblada y apilada encima de ella y un suave olor a jazmín completaban el cuadro de orden y limpieza. Se vistió rápidamente y antes de entrar a la cocina pasó a través de su sensible sentido del olfato una deliciosa mezcla de olores a pan recién horneado, a café apenas terminado de colar, a carne sazonada con una salsa hecha de tomates, cebollas y pimientos asados coronados por un par de huevos fritos, todo ello servido en una vajilla que tenía años sin usar y la mesa adornada con un mantel a cuadros que ya creía desaparecido. A su alcance un queso fresco, trozos de frutas regados con miel de abeja y yogurt. Dio un sorbo al café y sus músculos se distendieron, dejaron de palpitar sus sienes y su mente terminó de aclararse. Dio un aprobador chasquido de lengua. La diligente cocinera se encontraba al pendiente de su reacción. El sonrió y le dijo:
-Vamos, siéntate. ¿No me vas a acompañar?
–Disculpe mi Señor, desayuné muy temprano, pero tomaré una taza de café, si no le molesta.
–Mira niña, Angélica, si eres mi esposa creo que ya debes saber que me llamo Daniel y puedes hablarme de tú, así que dime: ¿donde está el “Mayflower” ó como se llame el barco de donde bajaste?
– ¡Sí, ése es! mi padre dice que nuestros antepasados venían en ése barco y que nosotros sus descendientes debemos estar orgullosos de…
-¡Está bien! Lo que quiero es que me expliques cómo llegaste hasta aquí…
-Nosotros veníamos por el camino…
-¿Quiénes son “nosotros” y cuál camino?
-“Nosotros” es mi familia, y el camino es el que pasa frente a ésta hermosa casa de campo. Usted, eh…tú estabas tirado inconsciente en la orilla. Creo que caíste del caballo y te golpeaste la cabeza con una piedra. Mi padre te levantó, ésta era la casa más cercana que resultó ser tuya, pues aquí estaba el caballo ensillado y además tu perro “Frankie” te acompañaba y nos trajo hasta aquí y luego apareció Pablo, tu mayordomo, quien sacó una botella de un alcohol aromático que huele a madera con el que te di una fricción hasta que recuperaste la conciencia.
–Pues creo que aún no la recupero… y ¿qué sigue?
–Bueno, pues mi padre platicó contigo y nos presentó, es decir, a toda la familia y luego le diste permiso para acampar en los terrenos de la propiedad por el día de ayer y hoy en la mañana partieron hacia el Norte.
-¿Quién es, cómo es tu familia?
– ¿No te acuerdas? ¡Si bailaste con todos! Bueno, primero está mi hermana mayor, Eva, luego Simón, después Efraín…
-Mira, sólo dime cuantos son.
–Somos doce y mis padres y Tía Lily suman 15.
–Y tú, ¿Cuántos años tienes?
–Yo tengo 19, pero dice mi mamá que…
-¡Si, sí! Ahora dime: ¿Cómo es que eres mi esposa?
-Mi Padre y tú hablaron sobre la Biblia, el te decía una cita y tú le respondías con otra. Quedó impresionado. Le hablaste de tu abuela, de tus padres que vivieron aquí, de cómo sufriste por la muerte de ellos y los desengaños que has tenido. Diste testimonio de tus pecados y lloraste mucho. Mi Padre, que es Ministro, actuó como testigo de Dios cuando Él perdonó tus pecados.
– ¿Tu Padre me perdonó?
-¡No! El que siempre perdona es el Señor. Mi Padre sólo es su humilde testigo. Luego aceptaste ser bautizado en nuestra Fe.
-¿Yo? ¿Cuál Fe?
–La Fe de la Iglesia del Pastor.
-¡Dios! ¿Y cuál es ésa Iglesia?
–Bueno, te explicaré. Mis padres eran miembros de la Iglesia Mormona, ellos son muy estudiosos de La Biblia y encontraron en ella ciertos detalles que los hicieron pensar mejor las cosas y así decidieron formar su propia Iglesia. Desde entonces viajamos por todo el país en el autobús predicando, trabajando para sostenernos y buscar ovejas descarriadas.
-¿Y yo soy una de ésas ovejas?
–Así se lo dijiste a mi Padre y le pediste que te aceptara en su rebaño. Mi Padre te dijo que había un ministerio, es decir un servicio al que estamos obligados y era el Ser, el comportarse como dignos hijos de Dios y que deberías quedarte para cumplirlo. Tu le respondiste: Génesis 2:18. Mi Padre comprendió y habló conmigo.
-¿Y qué dice ése versículo si puedo saberlo y tiene algo que ver contigo?
-¡Ya lo sabes! tú mismo lo dijiste: “Y dijo Yahvéh Dios: No es bueno que el hombre esté solo, le haré ayuda idónea para él.” ¿Ya entiendes?
-¿Pero cómo pude haberlo dicho?
- ¡Daniel! ¡Fue el Señor quién te iluminó! ¡Fue hermoso! Entonces fuiste bautizado. (Mi Padre bautiza con el dedo índice mojado, nada de aspersión ó inmersión) y luego nos casamos ante Dios. Igual, con mi Padre como testigo. Luego se hizo la fiesta. Tú bebiste del alcohol que olía a madera.
-¡Whisky, se llama Whisky y no me lo recuerdes ahora!
–Te decía que no bebieras, pero Mi Padre me dijo que no lo tratara de impedir, que simplemente era Satanás quien estaba luchando por llevarte a su rebaño y yo debía encontrar la manera de atraerte a pacer a nuestra pradera.
–Bueno, con estos ricos alimentos ya lo estás logrando, querida. Pero dime, ¿Cuándo regresará por ti tu padre?
–No entiendo, Daniel ¿Para que habría de volver mi padre por mí?
–Niña, Angélica, no habrás tomado en serio eso del matrimonio…
-¡Claro que sí! Lo he tomado muy en serio. Ante Dios somos uno solo. Formaremos una familia, tendremos muchos hijos, los educaremos en la Fe, serán hombres de bien y seremos felices. Ya le dije a la señora de la tienda del pueblo y se puso muy contenta.
-¿Fuiste al pueblo? ¿A qué, con quién, cuando?
– ¡Daniel, cómo preguntas! Fui a comprar provisiones. Pablo me llevó temprano y dijo que apuntaran todo en tu cuenta. La señora me preguntó detalles sobre la boda. Se ve que te quiere mucho.
–El chisme es lo que quiere mucho. Así que ya todo el pueblo sabe de lo nuestro, mi conversión, la boda, todo ¿verdad?
– No, Daniel. Sólo la señora de la tienda.
-¡Ay, mujer! Bueno, mira, vamos a hacer esto. Supongo que tu padre volverá algún día por acá. Mientras eso sucede, serás mi huésped, vivirás en ésta casa, pero ya puedes olvidarlo si pensabas dormir conmigo.
-¡Daniel! ¿Pero cómo crees que podríamos dormir juntos?
-¿Y por que no si eres mi esposa? ¿Entonces donde duerme tu mamá?
–Ella duerme con sus hijas. Mi Padre duerme solo, en su cama.
–Pero, ¿Cómo tuvieron tantos hijos?
–Orando, Daniel, pidiéndole al Señor hasta que Él les fue concediendo uno a uno los hijos que querían.
– ¿Y así quieres tener tus hijos?
–Los nuestros, Daniel. Claro que así los vamos a tener. Bendecidos por El Señor Nuestro Dios…
-¡No puede ser, en pleno siglo XXI…!
-¡Claro, esposo mío, así tiene que ser! El Señor ve por sus criaturas.
Daniel calló y contempló un momento el rostro de su esposa. La inocencia hecha carne. ¿Por qué la habían formado así con tan pocas armas para defenderse en la vida? Le despertó una gran compasión y ternura verla así desvalida y deseó atraerla y abrazarla con cariño. “No me queda más opción que dejar todo al tiempo, pero no dejaré que esta niña se ilusione demasiado”, decidió.
-¡Daniel! ¿Me escuchas?
-¡Ah! Sí, dime…
-Te decía que si quieres te leo una parte de las escrituras, las que más me gustan.
–Muy bien, vamos al portal, pongámonos cómodos y te escucharé.
–Bueno, presta atención: Para mí esta es una de las mejores enseñanzas.
Abrió la Biblia en el lugar indicado pero prácticamente no leyó de ella. Con su voz cantarina recitó de memoria:
-“Aunque hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, no soy más que bronce que resuena o platillos que aturden. Aunque tuviera el don de profecía, penetrara todos los misterios, poseyera toda la ciencia y mi fe fuera tan grande como para cambiar de sitio las montañas, si no tengo amor, nada soy. Aunque repartiera en limosnas todos mis bienes y aunque me dejara quemar vivo, si no tengo amor, de nada me sirve.”
–Daniel interrumpió a Angélica y con voz ronca prosiguió:
-“El amor es comprensivo, el amor es servicial y no tiene envidia; el amor no es presumido ni se envanece; no es mal educado ni egoísta; no se irrita ni guarda rencor; no se alegra con la injusticia, sino que goza con la verdad. Disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites, soporta sin límites. El amor no pasará jamás.” Es la primera carta de San Pablo a los Corintios 13:1,8 finalizó.
–Palabra de Dios. Respondió Angélica solemne e impresionada.
-¡Daniel! ¡Que maravilla! ¡Es mi parte preferida y la sabes bien! ¡Dios, que feliz soy! Exclamó levantando su mirada al cielo.
–Eh, Ya debo irme al campo, al establo, por ahí, es decir, a trabajar. Luego seguiremos.
Angélica quedó extasiada durante un momento. Enseguida cerró la Biblia, y entró a la casa a continuar con la tarea de asear y ordenar todos los años de abandono de la casa de Daniel.
El sol ya había bajado y el ocaso se insinuaba cuando Daniel regresó a su hogar. Angélica salió a recibirlo al sendero de la entrada. Sorprendido, murmuró:
-¿Qué te hiciste?
-¡Ah! jajá, olvidé decírtelo. También compré un poco de ropa. Vi como iban vestidas las mujeres del pueblo y me gustó éste atuendo, me pareció muy campirano, ¿Cómo lo ves?
Daniel contempló sus larguísimas piernas enfundadas en unos pantalones vaqueros, su blusa a cuadros rojos y blancos, altas botas de piel acordonada y su pelo partido a la mitad y peinado en dos largas trenzas de valquiria. La clásica versión cinematográfica de una muchacha del oeste americano. Su cutis se notaba arrebolado y brillante. Un enorme y bello cambio.
–Te ves preciosa, chiquilla. Que bueno que abandonaste ese feo hábito de predicadora mormona.
-¡Daniel! ¡Malo! Era un bonito vestido, aunque no en estos lugares. Pero me encanta que éste te haya gustado.
Luego pasaron al comedor, donde dio cuenta de una magnífica comida a base de cocido de carne con verduras, pasta italiana, ensalada y refresco de frutas. De postre, Angélica sirvió una deliciosa tarta de manzanas.
Al día siguiente, Daniel entró al baño descuidadamente y encontró a Angélica con el torso desnudo, contemplándose al espejo.
-¡Oh! Perdón, no sabía que estabas aquí, eh al rato vuelvo, disculpa…
-¡Daniel! Que bueno que vienes, ¡mira esto!
Angélica se dio la vuelta y mostró a Daniel sus pechos. Bellos y juveniles aunque algo aplastados y pequeños, ella hacía esfuerzos con sus manos para levantarlos. Daniel azorado y nervioso, no acertó a decir nada.
-Mamá nos amamantó a todos con sus grandes pechos llenos de leche, pero ¿Yo que puedo ofrecerle a mi bebé con éstos?
-Espera, dime, ¿Cuál bebé? Dijo Daniel.
-¡El que estoy esperando! ¡Nuestro bebé!
-¿Pero estás…estás…?
-Si, cariño, ¡estoy embarazada! ¿No te parece maravilloso?
-¿Pero, cómo lo sabes?
-Anoche estuve orando y le pedí a Dios que nos bendijera con un hijo. Enseguida tuve una visión en un sueño: Tú y yo estábamos acariciando a un hermoso bebé. Tenía tus ojos, toda tu cara era la misma en él. En la mañana tuve un poquito de náuseas y mareos, como le daban a mi mamá. Y creo que ya estoy embarazada. ¿Verdad que es fabuloso?
-Sí, ya lo creo que es fabuloso. Ahora dime: ¿Cómo crees que vas a salir embarazada si tú y yo nunca hemos estado juntos?
-Daniel, ya llevamos dos días juntos. Si el Señor tuvo el poder de crear el mundo en seis días, ¿tú crees que no podrá hacer esto en dos?
-¡Ay, ay, cierto se me olvidaba! Bueno, sigue orando porque puede ser que aún no llega la hora. Ahora dime, ¿para qué son todas esas vendas que están tiradas ahí?
-¡Ah, las vendas, son para la faja!
-¿Tú necesitas usar faja?
-Si, hace unos años, cuando mis senos empezaron a crecer, mi madre me enseñó a fajarme con la venda, para cubrirlos, pues ellos sólo servirán cuando necesite alimentar al bebé, pero como ves, son tan pequeños…
-Angélica. Escucha bien. Creo que tengo la solución. Vamos a ir al pueblo. Te voy a señalar unos maniquíes que tienen unas prendas que se colocan encima de los senos. Vas a comprar varios del tamaño adecuado. No le digas a nadie por qué. Simplemente los compras. Y verás que en poco tiempo te crecerán tus pechos y podrás amamantar muchos bebés.
-¡Gracias, gracias! Eres un ángel y ¿sabes qué? Tienes razón. No ha llegado el tiempo. Primero haré esto y luego, ya que esté preparada lo concebiremos. ¿Podríamos comprar la cuna de una vez?
Angélica no vio la mirada de impaciencia de Daniel, quien sólo apretó sus puños y salió a preparar la camioneta para el corto viaje. Ya en el pueblo, Daniel esquivó a algunos conocidos que sabía ya cual iba a ser el tema de su conversación: Inquirir sobre su supuesto matrimonio. Buscó en la librería y encontró un libro ilustrado para jóvenes donde explicaba cosas como la sexualidad y el tema de la concepción. Rehuyó la mirada burlona de la cajera y salió apresurado de la librería. Ya en su casa, lo dejó a la vista de quien quisiera leerlo.
Pasaron varias semanas. Sin duda la vida antes solitaria de Daniel había cambiado. El jardín, la casa, su perro y el caballo todos parecían sentir la influencia mágica de la presencia de Angélica. A veces pasaba por el mueble donde guardaba sus botellas de whisky. Desde el día de su singular boda no había probado el alcohol. Sin embargo no podía adaptarse aún al cambio de vida. Sabia que no podía seguir así, pero al mismo tiempo no deseaba que terminara jamás lo que estaba viviendo. A escondidas de Angélica sacó una botella y fue en su caballo a la arboleda situada en los linderos de la finca.
Angélica esperaba sentada en el tablado del portal cuando oyó un canto horrible, desentonado. Los versos de la burda canción eran groseros y vulgares. Daniel llegó casi atravesado en el caballo, el cual piafó agradecido al liberarse de su molesta carga.
-¡Daniel! ¡Qué te ha pasado! ¡Estaba tan preocupada!
-¡Hola mamaciiita! ¿Tú eres mi esposa? ¡Jájajá!
-¿Tomaste de la cosa mala?
-Jájajá ¿Mala? ¡Mala tú que no sabes tomar! ¡Jájá!
-¡Sí es mala, es de Satanás!
-¡Jójojó! ¡Yo soy Satanás mira! Y simulaba unos cuernos con sus dedos.
-¡No, Daniel, no juegues con eso! ¡Tengo miedo!
-¿Miedo? -Respondió iracundo. -¿Para que me sirves entonces? ¿No eras tú la que me iba a arrancar de las garras de Satanás y ahora me dices que tienes miedo?
Angélica dio dos pasos atrás, se irguió y dijo con firmeza:
-¡No te tengo miedo Satanás, nada de miedo! ¡Tengo un arma con la que no podrás jamás!
-¡Jójó! Y dime mi querida teutona, ¿Cuál es ésa arma que me va a hacer salir despavorido?
-¡El Amor!
-¡Jájájá! ¡El Amoouur! ¿Qué novela es ésta? ¡Bésame entonces jájá!
Los ojos de Angélica estaban anegados. Sus labios temblaban y le dijo en voz baja y tierna:
-Te compadezco…
Daniel enfurecido la tomó de la mano y le dio un violento jalón que la arrojó al suelo.
-¡Yo no necesito que me compadezcan! ¡Y menos tú niñita sin pechos!
-¡Sí! ¡Me das lástima Satanás! ¡Eras Príncipe de la Luz, tu Soberbia te ha cegado y te ha condenado a vivir en la oscuridad atado a las pasiones, por eso das lástima, eres, sólo eres un pobre diablo…! Toda mi compasión es para ti, miserable alma débil y enferma…
Daniel cayó al suelo polvoriento y se arrojaba puños de tierra sobre la cabeza. Su cuerpo convulsionado daba giros y lanzaba roncos rugidos a manera de estertores. Finalmente quedó sentado en el suelo sollozando. Angélica lo ayudó a levantarse y lo llevó al interior de la casa. Preparó la tina y le dio un baño a conciencia, lento, tibio y suave. Lo condujo como un autómata a su cama. Lo arropó amorosamente. Luego se quitó sus ropas mojadas y se metió bajo las sabanas para dormir junto a su esposo.
El sol asomó puntual. Ahora no podía penetrar como antes a la habitación, pues unas lindas cortinas obstaculizaban su paso. Daniel abrió los ojos y sorprendido se sintió libre de la resaca habitual que siempre lo había acompañado al día siguiente de sus libaciones. A su derecha vio una adorable figura que destapó con cuidado y maliciosamente contempló a sus anchas. Observó que el retiro de la faja y el uso del sostén habían dado ya sus frutos y que la sana alimentación había encontrado en el cuerpo de su esposa los mejores lugares para manifestarse. Apenas tuvo tiempo de cubrirla cuando Angélica abrió los ojos.
-¡Buenos días querida, yo…!
-¡Daniel, tuve otra visión! ¡Fue como la otra, pero ésta mejor, pues el Señor nos concedió que nosotros juntos hiciéramos a nuestro hijo, como en el libro que compraste!
-¡Yo también, soñé algo así, pero éste sólo se podía concebir después de varios intentos! Respondió Daniel atrayéndola con sus brazos.
-¡Espera, debo decirte algo y si-me-lo-contestas…! Dijo ella con picardía.
-“Como el manzano entre los árboles silvestres, así es mi amado entre los jóvenes; bajo la sombra del deseado me senté, y su fruto fue dulce a mi paladar. Me llevó a la casa del banquete, y su bandera sobre mí fue amor. Sustentadme con pasas, confortadme con manzanas; porque estoy enferma de amor. Su izquierda esté debajo de mi cabeza, y su derecha me abrace He aquí él viene saltando sobre los montes, brincando sobre los collados. Mi amado es semejante al corzo, o al cervatillo. Helo aquí…
Daniel sonriendo, divertido, continuó el poema:
-“Levántate, oh amiga mía, hermosa mía, y ven. Porque he aquí ha pasado el invierno, se ha mudado, la lluvia se fue; se han mostrado las flores en la tierra, el tiempo de la canción ha venido, y en nuestro país se ha oído la voz de la tórtola. La higuera ha echado sus higos, Y las vides en cierne dieron olor; levántate, oh amiga mía, hermosa mía, y ven. Paloma mía, que estás en los agujeros de la peña, en lo escondido de escarpados parajes, muéstrame tu rostro, hazme oír tu voz; porque dulce es la voz tuya, y hermoso tu aspecto.” Cantar de los Cantares 2.
-¡Sabía que lo tenías que conocer! Exclamó feliz Angélica abriendo los brazos en torno a su amado dándole un apasionado beso que se alargó y prolongó por muchos, muchos años…

FIN

viernes 20 de marzo de 2009

El Mágico 12

De nuevo he dejado pasar dos dias para dejar otro de mis cuentos en este lugar. Ya se está haciendo costumbre. El arte de escribir cuentos cortos es bien difícil para quien acostumbra alargar tanto sus conversaciones como yo. Me gustan los cuentos cortos porque me permiten ejercitar la mente imaginando los muchos itinerarios por los que puede desembocar. Pero al escribirlos yo, me da la impresión que no soy lo suficientemente claro para que mis lectores imaginen todas las posibilidades. Trato de describir de la manera más minuciosa cada detalle y al mismo tiempo, quedo inconforme con lo que he escrito. De este modo, frecuentemente me entrampo en la narración y se me alargan los cuentos. Algo así me pasó con éste. Trato de resumirlo y sé que se puede, pero no quedo conforme con el resultado. finalmente, lo escribí como me salió y así lo dejé, sin más reservas, y aquí lo tienen:


BUSCANDO PAREJA
-¡NO HIJA! ¡Que ni se te ocurra! ¡Eso es una locura! ¡Ya déjame en paz, yo no necesito nada, así estoy bien…!–Mamá, la prueba de que no estás bien es la manera en que te alteras cada vez que saco el tema. ¿Podríamos hablar sin gritarnos?–Marcela, hija: No te preocupes por mí. Yo estoy tranquila. Mira, ya han pasado cinco años de la muerte de tu padre. Estoy acostumbrada a la soledad y aún tengo mis amistades, puedo salir con ellas, buscaré algo en que ocuparme…-Madre, me estás mintiendo, el temblor de tu barbilla te denuncia. Vamos hablando claro, María Dolores. Cuando murió papá yo tenía trece años. Todo tu tiempo, tu afecto y protección se volcó sobre mí, por eso pudiste sobrevivir, pero… ¿Ya te diste cuenta de lo que me costó? ¡Me robaste mi adolescencia! ¡Ahora vas sobre mi juventud! ¿Y después qué? ¿Robarás la infancia de mis hijos? ¿Hasta cuando te dedicarás a ti misma? Yo tengo proyectos, madre. Y perdona, pero no estás incluida en ellos. Saldré de aquí a estudiar mi carrera, viviré en algún albergue estudiantil donde conviviré ¡por fin! Con alguien de mi edad y me asomaré al mundo por otras ventanas que no sean las que tu me abres. Perdona mamá, mi amor por ti es el mismo de siempre, pero tienes que entender esto. Lo que quieres hacer se llama chantaje: “Estoy bien”, “la soledad me gusta”, “no te preocupes, soy feliz así”. Sabes bien que yo no te podría dejar en éstas condiciones. Estás demasiado apegada a mí y sufrirías con nuestra separación y ¡Ah! ¡Que sorpresa! Yo también sufriría sabiéndote sola. ¿Ves? ¡Ya estás llorando! Y por lo tanto, ¡fin de la conversación!Marcela subió las escaleras tomando los peldaños de dos en dos como siempre que se enfadaba. Entró a su habitación, cerró dando un portazo, se quitó con violencia sus zapatos deportivos y, esto tenía que ocurrir, golpeó accidentalmente con sus nudillos la orilla de su escritorio lo que le produjo un gran dolor y le hizo exclamar una sonora maldición. Respiró hondo y apelando a su paciencia, comenzó a calmarse. Abrió su computadora para ver si había algún mensaje y por supuesto, no tenía ninguno, ¿pues qué esperaba? Ella tenía compañeras de escuela, ¿pero amigas? Ninguna, ¿cómo las iba a tener? Si su vida giraba alrededor de su madre, vaya, hasta la poquísima parentela que tenían en la ciudad parecía huir de ellas. Mamá no tenía otro tema que su difunto marido y los sacrificios que ella había hecho para “criar a esta muchacha”. Ahora, ya abandonada la niñez, estaba aterrada. Se había dado cuenta que los papeles se cambiaban. Ahora la que dependía de ella era su madre. Sabía que moriría si se separaran.Hacía unos meses, una idea comenzó a forjarse en su mente. Todo empezó cuando entró intempestivamente al baño de su madre y alcanzó a verla al salir de la ducha y quedó admirada de su figura. A sus 40 años tenía un cuerpo que muchas jovencitas envidiarían. Si bien le sobraban un par de kilos, las diarias caminatas le habían dado firmeza, la celulitis no aparecía en toda su anatomía y el color rosado de su piel le daba un aspecto bello y saludable. Con un poco de maquillaje, ropa adecuada y un buen peinado, resultaría muy atractiva a cualquier hombre que tuviese un par de ojos. Así, poco después surgió la pregunta:-¿Mamá, nunca has pensado en volver a casarte?La respuesta no tardó en llegar, violenta, restallante como un latigazo.-¡Hija! ¡Te has vuelto loca! ¿Cómo puedes creer que alguien vaya a ocupar el lugar de tu padre?Y así siguió por varios minutos. Pero algo vio en el brillo de sus ojos que no la dejó totalmente convencida. Después, dándose vueltas en la cama, supo lo que pasaba. Yo soy la causante. Sí, eso es. Ella no se casará mientras me esté “criando”. No puede ser diferente que cualquier persona. Si llega a encontrarse con alguien al que pueda amar, lo aceptará, siempre y cuando no tenga la obligación de atender a su hija.A partir de entonces las discusiones sobre el tema se fueron haciendo más frecuentes y más crudas, como la que acababa de pasar. Prácticamente le había dicho a su madre: “No te necesito” y “Estorbas en mi vida”. Marcela sintió el impulso de ir a abrazarla y decirle muchas cosas, pero al fin dejó todo como estaba. “Veremos qué pasa”, se dijo con un poco de aprensión.Pulsó las teclas de su computadora en búsqueda de un sitio que le recomendaron donde había temas de reflexión. Había encontrado que frecuentemente, saltaba a sus ojos con exactitud la frase necesaria para motivarla y levantar su ánimo, que por ahora, estaba algo alicaído. La página de inicio del sitio seleccionado se desplegó en el monitor, cuando un cuadro conteniendo publicidad cubrió la zona central de la pantalla. Marcela enfadada pensó: “Otra vez estos malditos spamers”. Ya lo iba a borrar, cuando algo del anuncio llamó su atención: “Busca tu pareja ideal, con nuestro programa miles de personas han encontrado el amor de su vida. Introduce tus datos y el sistema buscará para ti un grupo de perfiles compatibles para que los selecciones a tu gusto”.–Bueno, nada pierdo con probar, vamos a ver -se dijo.Se introdujo al sitio y después de leer una breve explicación, abrió un extenso cuestionario. Le gustó su simpleza y al mismo tiempo cómo abarcaba todos los temas, desde la música, los deportes, lecturas, películas, religiosidad, opiniones sobre diversos temas. Dejaba algunas cosas abiertas para preguntarse directamente. Contestó todo pensando honestamente en las preferencias de su madre y oprimió “enviar”. Apareció un recuadro indicándole que a más tardar en 24 horas tendría una respuesta, explicando también que se irían agregando más candidatos conforme fueran entrando más al sistema. El resto de la tarde transcurrió sin novedad y cuando bajó a cenar encontró a María Dolores de buen humor, como si no hubiera habido ninguna discusión entre ellas y hablaron sobre cosas triviales antes de ir a dormir.Mientras Marcela y su madre cenaban, a mil kilómetros de ahí en un valle de suaves lomeríos y cruzado por riachuelos, la Hacienda de San Nicolás, situada en un enclave donde se dominaban extensos viñedos y bosquecillos así como verdes praderas, se veía sombría bajo la mortecina luz del ocaso. Don Manuel acabó de cenar, limpió con la nívea servilleta su bigote entrecano y se despidió de sus hijas con un gesto de cansancio. Irma y Carolina se quedaron sentadas tomando el café.-¡No es posible, Caro! Papá sólo tiene 56 años y se comporta como si fuera un anciano de 80.–Ya sabes Irma, lo que ha resentido la muerte de mamá… -contestó la hermana.-¡Pero ya son tres años! ¿Entiendes? Y si a eso sumas otros tres años que duró convaleciente, ya ha pasado mucho tiempo como para no reponerse. Se ha recluido aquí en la hacienda, la casa de la ciudad ya no quiere ni verla y trabaja todo el día como si fuera imprescindible aquí. Ya sabes que Tomás es un excelente administrador, pero papá no suelta el mando.-¡Vaya! –Dijo Carolina- Ya salió el asunto. Cada vez que mencionas a Tomás te ruborizas y lo defiendes como si para él significaras algo.–Bueno, Caro, no niego que me gusta, pero lo que tiene de atractivo lo tiene de tímido ¡Cómo crees que va a fijarse en la hija del patrón! Es algo que se pasan de padres a hijos. De hecho, ése es el único defecto que le encuentro, el poco valor que se da. Ya quisieran la mayoría de los solteros de la alta sociedad ser la mitad de hombres que Tomás, pero yo no haré compromisos con nadie mientras no termine mi carrera.–La cual ni siquiera has comenzado –le dijo Carolina-.-¡Basta! Volvamos a papá. No sabes lo que me gustaría que encontrara a una señora madura que lo acompañara, que lo quisiera, que le devolviera la alegría de vivir…-¿Y porqué no una jovencita? –dijo burlona Carolina.-¡Eso si que no! –Respondió enojada Irma- ¡Eso sería un descaro! ¡Una burla! ¡No! Caro, ni de broma lo digas.-Pues te diré -contestó regocijada Carolina– ¡Yo estoy muy contenta con mi viejito!–Caro, tú nada te tomas en serio. Alejandro no es ningún “viejito” sólo tiene 32 años. La que está muy “niñita” eres tú y ya te dicho que me parece una completa locura que con sólo 16 años estés de novia con él, de quien por cierto, lo único que tengo que decir es que se ande fijando en chicuelas como tú, por lo demás lo considero un caballero. ¿Cuándo le vas a decir a papá?–Cuando Alejandro me dé el anillo de compromiso. Antes no.–Carolina, estás completamente loca si te casas a tu edad. ¿No vas a disfrutar tu juventud?-¡Claro que sí, hermanita! ¡Claro que la disfrutaré, pero ya casada! Saldré de aquí y tú te quedarás solterona a cuidar a nuestro querido “viejito” ¡A nuestro padre!Carolina salió rápidamente sin esperar la airada respuesta que estaba a punto de brotar de los labios de Irma. Divertida, corrió a su habitación y se encerró para que sus carcajadas se apagaran. Irma no tuvo humor para recoger el servicio como era su costumbre y le dejó esa tarea a la mucama. Fue a su habitación, se dio una vigorosa ducha, se vistió con su ropa de dormir y se apostó frente a su computadora a navegar por la red, como acostumbraba en esos momentos de desánimo.
Marcela abrió la bandeja de entrada y entre varios mensajes publicitarios, encontró uno dirigido a ”Campanita”. Sonrió al recordar que ese seudónimo había puesto al llenar el cuestionario de “Busca pareja”, suplantando a su madre. Al abrirlo vio con sorpresa la gran popularidad del perfil de su madre. Había no menos de cien propuestas. Lo bueno es que el programa los había clasificado por lugar de origen de modo que fue fácil para ella dejar sólo 10 candidatos. Desechó uno demasiado cercano.–No vaya a ser alguien conocido -pensó.Luego eliminó a otros 4 que no le latieron y estudió detenidamente a los 5 que quedaban. Uno de ellos le atrajo particularmente: Cantante favorito: Frank Sinatra. Película favorita: Lo Que El Viento Se Llevó. Deporte Preferido: Caminar bajo los árboles. Escritor Favorito: Danielle Steel. Signo Astrológico: Virgo. Leyó rápida y nerviosamente y quedó sorprendida al ver tantas coincidencias, pero lo que hizo que su corazón diera un salto fue el seudónimo utilizado por el candidato: “Peter Pan”.-¡No es posible! –musitó Marcela.Sin pensarlo más. Dio un clic en el botón donde decía “conectar al chat” e instantáneamente estaba iniciando una conversación con “Peter Pan”:-Hola, ¿Eres Peter?–Sí, sí, yo soy. ¿Eres Campanita?–Sí, pero ¿estabas esperando?–No, es que conecté y tú estabas ahí-¡No! Tú eras el que estabas esperando. ¿No lo ves?–Jajá, mira, veo que vamos a llevarnos muy bien, apenas empezamos y ya estamos peleando, jajajá.–No estoy peleando y no me da risa. Sólo te digo que conecté y ahí estabas, como si tocara una puerta y ésta se abriera inmediatamente…-Sí, mira, creo que oprimimos el botón casi al mismo tiempo, ¿Comprendes?–Bueno, así te puedo creer. Mira, la verdad es que vi tus respuestas y me parecieron muy compatibles.–A mí también me sorprendieron las tuyas y… Virgo ¿Eh?–Bueno, si crees en esas cosas de los horóscopos…-No, en realidad no creo en eso, sólo que creí que tú sí y… sólo quería serte agradable.–Bueno, pues serás más agradable mientras me hables con la verdad. No creo en esas cosas. Me parecen supersticiones de gente ignorante.–De acuerdo y cerremos ese tema. Pero ¿Qué te parecen nuestros autores favoritos?–Bueno, favoritos tengo muchos, pero en ésos pensé en el momento.–Yo también. Mi favorita de Sinatra es “My Way”.–Pues la mía es “New York, New York”. -Veo que ya tenemos algo en lo que no estamos de acuerdo. Y para mí, quien mejor la interpreta es Liza Minelli.– ¿La de los ojos saltones? Hay muchas cantantes que lo hacen mejor que ella. ¿Por qué tendría que gustarte ésa?-¿Celosa? Porque no veo otro motivo. Todo el mundo está de acuerdo conmigo. Ella es la mejor.–Pues bórrame a mí cuando digas “Todo el mundo”.–Jajá, me encanta tu manera de discutir…Marcela perdió la noción del tiempo. Estuvieron horas conversando hasta que oyó el grito de su madre del otro lado de la puerta:-¡Hija, ¿no me escuchas? Te digo que bajes a cenar!-¡Sí mamá, ya voy!–Debo irme “Peter”, voy a cenar pero estaré de regreso antes de una hora.–Aquí estaré, linda “Campanita”.Una oleada de placer pasó por el rostro de la joven. Abajo, María Dolores la observó con sospecha:-Algo estabas haciendo, que te veo una sonrisa pícara en tu carita.–Nada, madre. Tú siempre figurándote cosas. ¿Qué hay de cenar? Tenías mucha prisa.Pasó un mes. Marcela en el papel de su madre siguió con la relación que había establecido. Poco a poco, se fueron revelando más detalles de cada uno de ellos. Cuando por fin la enteró de que era viuda y tenía una hija, sintió que iba a ser su última conversación. Manuel, que era su verdadero nombre, le dijo:–Descríbela.–Bien, pues verás, es mi hija ¿No? Se llama Marcela y que te puedo decir de ella. Es linda, inteligente, voluntariosa, siempre consigue lo que se propone, ella quiere estudiar una carrera lejos de aquí y de mí, claro.–Pero, ¿Qué harás tú sola?–No sé, Manuel, no sé.-¡Cómo quisiera estar cerca de ti! Hacerte compañía en estos momentos difíciles.–Gracias, Manuel. Bastante haces abriendo tu corazón.–Mira, María Dolores, Lolita. Yo también, te he ocultado algo que tú, delicadamente no me has preguntado. Yo como tú, soy viudo desde hace 3 años. Tengo dos hijas, Irma de 18 y Carolina de 16. Sé que están preocupadas por mí. La verdad es que no he podido reponerme de la pérdida de mi querida Raquel. Tú eres la primera mujer con la que platico de éstas cosas…-Manuel, debo decirte algo. Eres un ser excepcional y no mereces pasar por esto. Quiero ser honesta contigo. Todo lo que te he dicho es cierto, excepto que María Dolores, Lolita, como tú dices, no soy yo, ella es mi mamá. He querido buscarle un compañero y me embarqué en esta aventura, suplantándola. Tú eres el hombre ideal para ella, quien realmente no sabe nada de las maquinaciones de su fantasiosa hija. Ella es muy seria para esto y jamás hubiera podido ponerla a escribir tantas cosas como las que hemos platicado aquí. Perdóname y comprende a esta pobre hija que todo lo que quiere es la felicidad para su madre.–¡Jajajajá!, Lolita, ¡Ay! ¡No! ¡Qué barbaridad!-¿Qué pasa? ¿De qué te ríes?–Lola, Querida, digo, Marcela. ¡Mira! ¡Yo no soy Manuel! ¡Soy Irma! ¿Comprendes? Igual que tú, soy su pobre hija que sólo busca la felicidad de su solitario padre. Como tú, tengo 18 años. En general, todo lo que te he dicho es verdad, tratando de interpretar lo que hubiera dicho mi papá. De modo que volvemos al principio. Estoy convencido que Lolita, tu mamá es la pareja ideal de mi papá, pero ¿Qué podemos hacer tú y yo para unirlos? Ayúdame a idear algo. Por cierto, yo como tú, también soy linda, voluntariosa y siempre consigo lo que me propongo. Y también como tu mamá, mi papá jamás se sentaría a conversar de esta manera. Ya sabes, es otra generación.Irma y Marcela continuaron con sus conversaciones por otros cauces, estrechando más y más la relación. Estaban convencidas que serían excelentes hermanas y eso las animaba a seguir con su plan original. Finalmente, Irma le dijo:-Mira Marce, estoy segura que a papá no lo saco ni muerto de la hacienda, así que ustedes deben venir para acá. Me dices que debes hacer unos exámenes para tu carrera. Vengan con ese pretexto. Llegarás con tu buena amiga Irma, que conociste por medio de internet, lo cual no es mentira y ya juntos los viejos, probablemente surgirá algo. Si no es así, de cualquier manera ya he ganado contigo una amiga casi hermana, pero no nos rendiremos fácilmente.Marcela estuvo de acuerdo y en los siguientes días fraguó todo su plan, que dócilmente obedeció María Dolores.-Hija, no entiendo, me hiciste comprar una fortuna en ropa, si la que tengo está muy bien.-¡Ay, madre! ¿Buena? Para la basura estaba buena. Hacía diez años que no renovabas tu guardarropa. Parecías vagabunda, mira qué bien te ves con tu nuevo corte de pelo. Así me dará orgullo que me pregunten si soy hija de esa señora tan guapa…-¡Ay! ¡Ya calla, niña! Nada tomas en serio. Y ¿Cómo es eso de que vamos a estar en casa de una amiga que nunca has visto?–Sí, mamá ella es mi amiga, muy buena amiga y le dará mucho gusto recibirnos. Además es una hacienda. Estoy segura de que te va a gustar.-Pero… su papá, ¿Qué irá a decir?–Lo que va a decir su papá, Manuel, no lo olvides, es que eres una viudita preciosa y te va a invitar a dar un paseo por el pueblo.-¡Ya! ¿Eh? Ya estuvo bien, niña. No quiero que andes bromeando con esas cosas.–Bien pues, paz, mamá. Ya vamos a aterrizar. Quiero que te portes bien ¿Sí mamá?–Lo mismo que te pido yo.
Irma y Carolina las esperaban en el aeropuerto. El recibimiento fue muy efusivo. Como si hubieran sido amigas de toda la vida. Carolina, que se había mantenido un poco al margen del plan, se animó al conocer a Lolita. Inmediatamente simpatizaron y no tardaron en hacer bromas con ella sobre su padre. María Dolores, las regañó como si fueran sus hijas, lo que agradó a las hermanas. Cuando llegaron a la hacienda, distante 80 km, ya eran grandes amigas. A la hora de la cena, Don Manuel llegó un poco retrasado, disculpándose caballerosamente. Marcela tuvo que reprimir un abrazo que iba más allá de la cortesía. Sabía tanto sobre este hombre y había tomado tan en serio el papel de su madre que temía haberse enamorado de él. Por supuesto que le encantó como pareja de su madre. María Dolores en cambio, educada, seria, hizo los saludos de rigor e inició una disculpa por la intromisión en… cuando Don Manuel la atajó con firmeza.–Señora, usted y su hija son bienvenidas en esta casa. Siéntanse en su propio hogar. Nosotros haremos lo necesario para que ello sea posible.Durante la cena platicó de cosas de la hacienda, de las fiestas de la vendimia que se avecinaban, hizo algunas preguntas y cuando llegó el momento en que se enteró que era viuda, platicó sobre su propia experiencia. Cada uno de ellos pretendía alardear sobre el sufrimiento que habían tenido, lo que motivó risas entre las hijas y el enojo de los mayores. Irma y Marcela se dirigieron una mirada de complicidad cuando Don Manuel, le dijo a su madre:-Por favor, llámeme Manuel, que si usted lo acepta, yo la llamaré Lolita ¿Quiere?–Claro Manuel, con mucho gusto.Temprano en la mañana Manuel apareció a la hora del desayuno con el atavío propio del campo y sin más preámbulo invitó a Lolita a montar. Marcela escuchó sorprendida a su madre cuando dijo que le encantaría, aunque hacía unos 20 años que no cabalgaba. Manuel esperó caballeroso mientras ella iba a vestirse apropiadamente y luego salieron a un recorrido por las tierras de la hacienda. Las tres jovencitas gritaron de alegría y fueron a juguetear a la alberca. Su plan seguía dando frutos.En los días que siguieron, Manuel y Lolita se hicieron inseparables. Iban al campo, al pueblo y las chicas observaron con gusto cuando llegaron cargados de bolsas. Papá había comprado un nuevo guardarropa y Lolita le había ayudado a escogerlo. En uno de esos días invitaron a Lolita a bañarse con ellas en la alberca. Renuente, aceptó por fin cuando supo que Manuel no estaría por ahí durante toda la mañana. Cuando apareció en su traje de baño rojo, las chicas no pudieron reprimir un ¡Wow! de admiración por la magnífica figura de Lolita. Estaba tomando el sol cuando llegó Manuel. Había dormitado un poco bajo el acariciante sol. Las jovencitas, se retiraron discretamente de ahí cuando vieron la silueta de Manuel al aparecer en el portal. Preparó dos margaritas y se acercó a María Dolores. Ella se volvió ruborizada hacia él.-¡Me muero de vergüenza! -exclamó, buscando algo con que taparse.Manuel ocultó diestramente la toalla sentándose sobre ella y le ofreció la bebida.–Lolita, somos adultos. No tienes nada de que avergonzarte y más bien tienes mucho de que enorgullecerte.-¡Ay Manuel! Pero qué vas a decir, yo no soy una descarada, yo…-Tú eres una linda mujer y…Manuel siguió alabando su figura mientras las hijas de ambos observaban escondidas la escena.-¡Ya se tutean! ¡Ya cayó! ¡Hermana!, dijo Carolina a Marcela mientras la abrazaba.El domingo, María Dolores entró a la iglesia del pueblo con anticipación a la misa. Vio el confesionario desocupado, entró en el reservado, se arrodilló y escuchó las palabras del sacerdote:-¡Ave María Purísima!–Sin pecado original concebido –murmuró Lolita.–Dime tus pecados, hija.–Padre, yo no soy de aquí, he venido con mi hija.–Todo eso ya lo sé –interrumpió el cura–. Ahora dime tus pecados–Padre, yo soy viuda desde hace 5 años…-¿Eso es pecado hija?–No, pero yo le debo fidelidad...-¿A un muerto? Bueno, hija en este pueblo no se pueden ocultar las cosas. ¿Lo que me estás diciendo es que te has enamorado?-¡Ay, Padre!-¡Ay, Padre! -la imitó el cura–. ¿Pero es que las mujeres no pueden ser directas? ¡Si o no te enamoraste de Manuel!-¡Ay, Padre! Creo que pues… que sí…-¡Eso, éso! ¿Era muy difícil decirlo? Ahora, hija, dime, ¿él ya lo sabe?-No lo sé, Padre. Qué pena…-¡Otra vez! ¿Pena de qué?-Es que todo ha sido tan rápido…-¿Cuál rápido? ¿No me acabas de decir que tienes cinco años de viuda? ¡Esos son los años que llevas de noviazgo! Lo único que faltaba es que llegara un hombre que conmoviera tu corazón.– ¿Pero qué pasará con Fausto?– ¿Y ése quién es, mujer?-Mi marido.-¡Ah, el muerto! Por él ni te preocupes ya anda de novio, si no es que ya está casado y con hijos por allá.-¡Padre! ¿Pero usted cree?-¡Claro! ¿O creías que te iba a estar esperando 50 años más?–¿Entonces yo puedo…-Tú puedes hacer lo que te dé la gana. Mira hija, yo era el confesor de Raquel y escuché su última confesión. Se supone que los sacerdotes deben guardar en secreto las confesiones, pero en este caso está la felicidad del hombre que amaba. Recuerdo bien que ella estaba muy preocupada al irse de este mundo porque no sabía lo que iba a ser de Manuel cuando no estuviera y ¿sabes qué me dijo? “Ojalá que Manuel encuentre una buena mujer que lo cuide, que lo comprenda, pero sobre todo alguien a quien él pueda amar” ¿Y sabes una cosa, hija? ¡Esa mujer eres tú! Todo mundo lo comenta. El pueblo es chico. Los trabajadores de la hacienda han visto cómo la alegría ha vuelto a la cara de su patrón. ¿Sabes otra cosa? Desde hace 5 años Manuel no “rompe el baile” en las fiestas de la vendimia. Ya me dijo que ahora sí lo va a hacer y ¿Quién crees que va a ser su pareja de baile? ¡Tú, hija, tú! Así que vete en paz y déjate de cosas. Pero a ver, ¿no habrán hecho algo indebido?-¡Padre! –respondió airada María Dolores- ¿Será posible que tenga una mente tan sucia?-¡Ya, ya basta, hija! Vete en paz.Hizo la señal de la cruz sobre su cara y cerró la ventanilla con una pícara sonrisa.
Habían pasado unos minutos cuando Manuel entró al templo y se dirigió al confesionario.-¡Ave María Purísima!–Sin peca… -Te habías tardado en venir, Manuelito. ¿Andabas ocupado?–Bueno, padre es que…-Te gusta, ¿verdad?-¿Quién, Padre?–¡No te hagas el tonto, Manuel! ¡Sabes bien a lo que me refiero!–¿Yo sí, pero ella?-¡Está loca por ti, idiota!-¡Pero Raquel…!–Mi querida Raquel está encantada por allá sabiendo que su Manuel consiguió por fin lo que ella anhelaba. Ese fue su último deseo y así me lo dijo…-¿Por qué nunca me lo había dicho?-¡Porque estabas loco, fuera de este mundo! Pero veo que has vuelto al fin. Ahora, Manuel, debo preguntarte: ¿has hecho algo indebido con Lolita?–Bueno, Padre, el otro día ella se estaba asoleando en traje de baño en la alberca…-¿Y? ¡Dime, habla!–Es que yo la vi y escondí su toalla; ella no se pudo tapar y se moría de vergüenza.–Y… ¿luego?–Pues estuve platicando con ella y le dije lo bonita que era y… nomás.-¿Nomás?–Bueno, pues, tuve malos pensamientos.-¿Malos?-¡Sí, malos, y ya no le diré más! -contestó impaciente.–Bueno, Manuel, esto es grave…y te tendré que poner una penitencia ejemplar… Mira ya viene la fiesta de la vendimia y tú tienes 5 años sin “romper” el baile. Te pondrás elegante e irás al baile llevando como pareja a… Lolita. Sí, a la que observabas lujurioso en la alberca. En medio del baile, puedes anunciar tu compromiso.-¿Compromiso?-¡Sí, idiota! ¡Compromiso con la mujer que amas! ¿Quieres que te diga su nombre también?–No, Padre, ya sé quién es…–Bien, pues vete en paz -le dijo haciendo la señal de la cruz.El pueblo todo estaba engalanado. Manuel llegó en su carretela descapotable arrastrada por dos caballos blancos de muy buena estampa. Su abuelo la había traído de Alemania y se encontraba en excelente estado de conservación. Lo acompañaban sus dos hijas, bellísimas en sus trajes típicos, y sus dos huéspedes. Marcela, cuyo traje rojo rivalizaba con el de Irma y Carolina, y su madre, María Dolores, que faltaban palabras para describirla. Se encontraba en la plenitud de su belleza. Un rubor natural realzaba sus facciones. El brillo de sus ojos, el óvalo de su cara y la gracia de su cuello le daban un aire de marquesa. Y ni qué decir de su vestido. Ella misma lo había diseñado y bordado. Manuel llevaba un elegante traje de gala campirano que le daba el aire de Señor de la Comarca, como era considerado entre sus gentes. Caminaron entre el pueblo que, admirado y respetuoso, le daba paso hasta la mesa principal donde se encontraban el Sacerdote, el Juez y el Comisario del Pueblo, quien declaró iniciadas las fiestas e invitó a Don Manuel a “romper” el baile. Manuel tomó con elegancia y destreza a Lolita y la llevó al compás de un vals al centro de la pista, donde después de varias evoluciones se unieron las demás parejas para dar principio a las Fiestas de la Vendimia. La fiesta siguió y Manuel se dio gusto danzando con Lolita pieza tras pieza. Se sentía transportado a otro mundo. En un vistazo que dio a la mesa de honor, se encontró con la mirada severa del Cura. Lo dejó y contempló los rostros expectantes del Juez, del Comisario, del Doctor, del Maestro y del pueblo que no hacía sino mirar a Manuel esperando algo. Volteó a ver a su pareja y encontró su mirada. Le decía tantas cosas con esos ojazos y deseó no separar su mirada de ellos jamás. Entonces recordó a lo que iba. Apenas alzó un brazo y la orquesta, como si estuviera esperando, calló. Se hizo un silencio profundo. No ocupó ningún micrófono. El silencio era tal que se escuchaba perfectamente. “Esta mujer…” –dijo en un susurro. Corrigió-: ¡Esta mujer! ¡Esta hermosa dama! ¡Es la mujer que amo y con quien quiero unirme para siempre! ¡Si ella me acepta! -Atrás de María Dolores se encontraba allá lejos, en su lugar, el Cura. Manuel miró hacia allá y siguió viendo su dura mirada. Entendió el mensaje. Se postró de rodillas ante su amada y sacando un anillo de brillantes de su saco se lo ofreció humildemente a su dama diciéndole: -“Te suplico que me aceptes como esposo”. Ella le ofreció su mano, le ayudó a levantarse, él colocó el anillo en el dedo correspondiente y después de una larga mirada se dieron el beso más largo y apasionado que ojo alguno hubiere visto en el pueblo. La música volvió a tocar y el baile continuó con más bríos.Después de algunos meses, María Dolores y Manuel esperaban impacientes en el portal de la hacienda cuando llegaron Irma y Marcela. Bajaron corriendo del auto y abrazaron a sus padres efusivamente y con cariño. Eran las primeras vacaciones de las jóvenes universitarias. Habían decidido estudiar juntas en la prestigiada Universidad del Norte. Estaba lejos de ahí, pero valía la pena. Cuando estaban cenando, Lolita les dio la noticia: -Estoy embarazada.–Si no nos lo hubieran dicho, inmediatamente lo hubiéramos adivinado -dijo Irma-. Se le nota en la cara a papá y no se diga en tu cara, Lolita.Brindaron, dieron rienda suelta a su alegría y cuando estaban a punto de lamentar la ausencia de Carolina que se había quedado en la ciudad, ésta apareció en medio de todos dando la sorpresa.–No quise perderme esto –dijo–. Además les tengo una noticia: He hablado con Alejandro y hemos decidido esperar hasta que cumpla 20 años y haya cursado una carrera corta para casarnos. Así que… ¡Sigo solterona! Irma y Marcela rieron con ganas y uniendo las palmas de sus manos, se felicitaron en silencio por el triunfo de su causa. FIN

martes 17 de marzo de 2009

El Número Once y Seguimos...

EL TESTAMENTO

El abogado extrajo un grueso sobre blanco del bolsillo interior de su saco. –Aquí encontrará usted Don Enrique, las últimas disposiciones de su señora esposa que en gloria esté. Disculpe que se lo haya entregado en éste velatorio, frente a su cuerpo inerte, pero esos fueron los deseos de Doña Rafaela y así prometí cumplirlos. Con su permiso. Enrique estuvo unas tres horas ocupado, recibiendo a las amistades y parientes que iban a acompañarlo en el duelo. Pensando que seguramente en la carta vendrían indicaciones sobre los funerales, buscó un lugar privado para leer el contenido del sobre. Hasta esa hora no había decidido si ordenaría la cremación o la sepultaría normalmente. Esperaba que llegara el último de sus hijos para escuchar sus opiniones.Rasgó la envoltura. Al inclinarlo cayó una llave que recogió en el acto y la guardó extrañado, en el bolsillo del pantalón. Eran unas cinco hojas manuscritas con aquella bonita caligrafía que tanto le gustaba leer cuando ella le enviaba cartas al estudiante universitario que en aquellos lejanos tiempos había prometido volver para casarse con ella al término de su carrera en Administración. Dentro del sobre aparecieron también un pañuelo con las letras E y R bordadas en una esquina, una tira de cuatro fotos que se habían tomado en una máquina en algún momento del noviazgo, recortes de periódicos que reseñaban su boda, una pequeña foto de pasaporte donde ella aparecía con sus cinco hijos, un anillo, una tarjeta de negocios del primer trabajo de él: “Enrique A. Jiménez Sosa, Agente de Ventas, Distribuidora Ford del Valle” y así, varios pequeños y significativos objetos que cubrían toda su vida de casados.Se colocó sus anteojos, desdobló las hojas e inició la lectura:Mi Querido Enrique: Tenía tantas cosas que decirte. Nunca pude hacerlo de frente, me faltó valor. Además me parecía algo así como melodramático, así que mejor lo escribí para no olvidar nada y además darle un toque novelesco que ya sabes cuanto me gusta.Bueno, empezaré por el final. Haz con mis restos lo que desees. Te sugiero la cremación y que mis cenizas sirvan de abono a mis geranios. Así no te preocuparás por visitar mi tumba. Me tendrás cerca y no habrá ninguna necesidad de llevarme flores, pues yo estaré debajo de ellas.¿Encontraste la llave? Bien. Con ella abrirás una caja metálica que se encuentra al fondo de mi armario. Te sorprenderás, querido, pero ahí está mi testamento. Mi legado te permitirá vivir sin aprietos económicos por todo lo que te queda de vida. Hay un fideicomiso sobre un enorme edificio de oficinas del cual podrás gozar de sus rentas mientras vivas, pero no podrás venderlo jamás, ya que su propiedad será de nuestros hijos cuando tú ya no estés en éste mundo. Hay cuentas bancarias, con dinero suficiente para que pases buenos momentos hasta que se acabe, pues si te conoces como te conozco, sabrás que no te aguantarán las reservas por mucho tiempo. En fin, encontrarás muchas cosas más, seguros de vida, de gastos médicos para ti y los muchachos, pero sé que a estas alturas te estarás preguntando: ¿De donde sacó ésta vieja tanto dinero? Es toda una historia.Probablemente no recuerdes a mi tía Lucila. Mi abuelo la expulsó de su hogar al quedar embarazada de un tipo que ni siquiera se ocupó de ella y su hijo. Yo lo supe cuando era pequeña. Mi mamá la veía a escondidas siempre con el temor de que mi abuelo la sorprendiera. En ésa casa no se hablaba de ella. Era peor que si hubiera muerto. Muy joven empecé a trabajar en el Banco donde me conociste. Una vez la vi, platiqué con ella, le di algo de dinero y le hice prometer que nos seguiríamos viendo. Su hijo Alfredo, unos diez años mayor que yo se había ido a los Estados Unidos como trabajador indocumentado y no sabía nada de él. Yo me hice cargo de mi tía. Mi mamá había muerto poco antes a consecuencia del cáncer cervical. Físicamente eran muy parecidas. Así estuvimos por tres años. Realmente la carga era algo pesada para mí, pues no ganaba mucho dinero, de modo que tuve que sacrificar muchas cosas para poder cumplir con la responsabilidad que me había impuesto. Mi tía trabajaba en un hospital como afanadora y a veces suplía a alguna enfermera. Por fin tuvo noticias de Alfredo, pero no eran buenas. Había sufrido un accidente junto con otros compañeros de trabajo. La ayudé a trasladarse a California y después me escribió que su hijo había quedado lisiado, cuadripléjico y jamás podría recuperarse. Le envié todo el dinero que pude reunir, me contestó dándome las gracias y anunciando que ya pronto tendría un trabajo. De pronto se esfumó y durante muchísimos años no supe de ella. Con los medios que tenía la busqué y nunca pude encontrarla.Por entonces llegaste a mi vida. Estabas en tu tercer año de Administración de Negocios. Sabía los aprietos económicos de los estudiantes cuando están fuera de sus casas y me dediqué por completo a ti en pensamiento y en obra. El dinero que tu hermana enviaba en realidad era mío pero acordamos que jamás te lo dijera y no hubo mujer más orgullosa que yo cuando acudí como tu prometida al baile de graduación y mucho más cuando al fin, después de seis meses nos casamos. La casa paterna, donde yo vivía sola al morir también mi padre, es la que por cuarenta años nos ha dado amparo.Después, vinieron las buenas épocas. Por fin alguien reconoció tu talento y tuviste el puesto ejecutivo que merecías. Hiciste negocios extra que florecieron y disfrutamos durante varios años de bonanza económica. ¿Qué nos pasó? Completamos cinco hijos a intervalos de dos años. Mi figura ya no volvió a ser la de antes y no me preocupó. Mi tiempo se empleó mucho más en la atención de los hijos, al fin que tu estabas muy ocupado con tu trabajo y poco a poco nos fuimos separando. Luego supe de tus devaneos con toda clase de mujeres, los hijos que descuidadamente venían al mundo de cuya existencia era puntualmente informada. Todo esto no hizo sino ampliar más la brecha entre nosotros, hasta que finalmente, apenas pasando mis cuarenta años de edad, se terminó mi vida sexual. Jamás volviste a tocarme y yo en secreto te lo agradecí. Estaba demasiado ocupada de la cintura hacia arriba. Apenas teníamos veinte años de casados.Los siguientes diez años los ocupé en casar a nuestras hijas, criar a los nietos, atender la casa y descuidar mi salud. Mi constitución física se fue deteriorando lentamente. Cada vez me costaba más trabajo hacer las cosas y pensé que era parte del proceso natural de la vejez. A los cincuenta años de edad ya era una anciana, al menos para mí. Al mismo tiempo empezaron los problemas financieros. Tu empresa quebró y fuiste despedido. Tus negocios particulares hacía tiempo habían fracasado y empezaste a padecer el acoso de los bancos, de los acreedores y el abandono de tus múltiples amantes. No sé cómo pudiste pasar sólo por todo eso.Mientras, yo no advertía el cáncer que me iba devorando, ni siquiera me dolía, sólo sentía un gran cansancio. En esos días recibí una llamada de Estados Unidos, concretamente de una institución médica de San Francisco, California. Una anciana, Lucille Morgan, había fallecido en un asilo y me había designado heredera de sus bienes. Inmediatamente supuse que era mi tía Lucy quien seguramente se había cambiado el nombre para eludir a las autoridades migratorias. Esa misma semana llegó por correo un paquete. En una carta me decían que las cenizas de la Sra. Morgan habían quedado depositadas, según sus instrucciones en una capilla junto a las de su hijo Alfredo y de su esposo Edward. En otra carta incomprensible para mí, se hacía mención de un legado. Dinero en efectivo, bienes raíces, acciones, etc. Mismas que luego entregué a un abogado de confianza para su trámite. En una carta escrita a máquina dirigida a “Mi querida Rafaelita” Se me explicaba que la Sra. Morgan, impedida para escribir por ella misma, había dictado la presente carta. En ella me relataba cómo había tomado un empleo cuidando a un anciano viudo que se encontraba algo delicado de salud y cómo debido a los cuidados proporcionados por mi tía éste había reaccionado tan favorablemente que volvió a llevar una vida normal, jugando golf, viajando en cruceros y atendiendo sus negocios sin separarse jamás de su ángel protector, mi Tía Lucy con la cual finalmente se casó. Alfredo, su hijo, murió a pesar de todos los esfuerzos que le hicieron los mejores médicos. Así vivieron varios años, hasta que finalmente mi Tío Edward, ahora lo sabía, sucumbió a las enfermedades dejando en la viudez a mi Tía, sola pero no desamparada, ya que la herencia recibida era para ella inimaginable, algo así como cinco millones de dólares. ¿Por qué no se comunicó conmigo? Algo le pasó. Una especie de bloqueo mental. Al cambiar de nombre también su personalidad se transformó. Se dedicó a vivir entre la iglesia y su casa hasta que apareció la terrible enfermedad del Alzheimer. Sin embargo, tuvo tiempo de ordenar sus cosas. Donó una parte de sus bienes a la Iglesia, pagó su tratamiento en una institución especializada y finalmente dio instrucciones para que se me localizara y entregara su herencia y su carta de despedida.
¿Por qué no te informé de todo esto a su debido tiempo? Tuve miedo, sí, temía que tu actitud hacia mí cambiara, es decir que el dinero me hizo recelosa de tu amor. Decidí que me tenías que querer así como había sido y que no hubiera influencia alguna del dinero. De cualquier modo debes haber notado que tus acreedores y los bancos dejaron de molestarte y que siempre, de alguna manera se conseguía lo suficiente para pasarla sin apuros en nuestro hogar. Yo, con mi dinero, iba pavimentando por donde tú debías pasar. Nada de derroches y por si no lo notaste, tus hijos fuera del matrimonio tampoco han quedado desamparados. Del cielo les han caído becas a los que se han aplicado al estudio y a sus madres no les han faltado ingresos para llevar a sus casas. Para eso es el dinero ¿No? Mi enfermedad, de la que tampoco te enteré, seguía su progreso. Con todo el dinero, no había forma de curarla. Me resigné y esperé la muerte. Me encantó cómo estuviste más y más cerca de mí a medida que la vida se disipaba. Los últimos dos años puedo decir que han sido los más felices de mi vida. De cualquier modo, preparé todo para éste momento y puedo decirte que muero tranquila, llevándome de ti el más puro amor y por cierto un gran remordimiento.Si, un gran remordimiento porque creo que te fallé como mujer. Creo que fui una buena esposa, tal vez una madre para ti, pero una pésima mujer. Tú siempre tuviste grandes y pequeños detalles conmigo. Jamás olvidaste mis cumpleaños, ni nuestro aniversario, me llevabas a comprar las provisiones de la semana. Siempre que podías me acompañabas a misa. Bailabas conmigo en las fiestas familiares. Jamás te avergonzaste de mi figura. Yo no tuve la atención contigo de cuidar mi silueta, maquillarme para ti, vestir como a ti te gustaba o desvestirme cuando a ti te agradara. Siempre hiciste lo posible para que gozara nuestros intercambios amorosos, pero yo le cerré las puertas al placer. Cometí el pecado de no amar. Creía que el amor era soportar tus desvíos cuando yo era la primera culpable de ésa situación. Fuiste un hombre generoso y magnánimo en el amor, mientras yo fui avara e insensible. Tarde lo comprendí. Tarde me arrepentí. Estoy segura que el Señor me reprochará todo esto. Él me dio éste paraíso para que lo disfrutara y yo no obedecí sus designios. Tan grande eres, cariño, que sé que cuento con tu perdón. En todo nuestro matrimonio no lloré como lo estoy haciendo ahora. Estuve siempre tan segura de ti, que cuando alguien me informaba de tus amoríos, no me preocupaba, sabía que tu volverías a mí porque estaba segura de tu amor del cual ¡Tonta de mí! Abusé al extremo. Perdóname esposo mío, perdona a ésta tonta mujer que no supo apreciar el tesoro que le fue dado para su felicidad. Sé feliz, querido. A pesar de todo, a mi modo yo fui muy feliz contigo, conformándome con las migajas a pesar de tener para mí todo el pan para saciarme.Y…bien, éste es el final. Trata de no pensar demasiado en mí. Cuida a los hijos, disfruta a nuestros nietos y recuérdame siempre como era cuando novios, en la playa, en el baile, en tus brazos, nunca como la vieja decrépita de sesenta años en que me convertí a la hora de mi muerte.Enrique no soportó más. Había querido ser fuerte, pero en la soledad que lo envolvía lloró y lloró hasta que sus ojos se inflamaron. ¡Perdóname tú querida! ¡Fuiste mi mujer! ¡Una gran mujer! ¡Te agradezco tanto la vida que me ofrendaste! ¡Por ti viviré y serás por siempre mi amada Rafaela!

domingo 15 de marzo de 2009

Décimo

Cuando inicié éste Blog, recordé aquellas mascotas electrónicas que estuvieron de moda hace algunos años llamados "Tamagochis". Había que atenderlos, jugar con ellos, curarlos, darles de comer, bañarlos. Al abrir el Blog imaginé que estaba empezando a criar un "Tamagochi". A un Blog se le debe estar alimentando, si es posible diariamente. Aunque uno diga que escribo para mí mismo, es muy grande el gusto que da cuando alguien hace un comentario para opinar, para criticar, para polemizar ó felicitar. Nada me daría más placer que lograr la atención de muchas personas. Eso me obligaría a estar más atento con lo que escribo, es decir, con la ayuda de quienes me lean, nutrir a mi "Tamagochi". Bien, pues resulta que el Sábado 14 amaneció mi aparato (me refiero al monitor) con un letrero: "windows no hay disco" y una larga clave alfanumérica. Presto busqué a través de Google y encontré la ayuda. Después de muchos intentos que se fueron hasta media noche, logré quitar el letrerito estorboso. Lo logré bajando un lento y eficaz antivirus que limpió ésto tan bien que me dejó sin Internet. En la mañana de hoy ya no pude conectarme. Hasta que en la noche logro hablar con alguien que sí sabe, Mi sobrino Roberto y después de intentar por varias vías me dijo: Tío, sólo queda una. Elimina el antivirus. Asunto arreglado. Ya puedo navegar y ya puedo insertar aunque retrasado, mi décimo cuento.
LA DUDA

La carretera ascendía en una curva pronunciada. La luz reflejada en el asfalto saltaba en pequeñas chispas a causa del aguanieve. El motor de su Audi A5 ronroneó al imprimir más potencia en la subida. Iba por la parte interna de la curva, a su derecha, el alto recorte de la montaña. Al frente un pesado camión llevaba tres gigantescos troncos amarrados con cadenas aseguradas con grilletes. Redujo por mera precaución velocidad a su marcha. Fue entonces cuando notó la enorme piedra obstruyendo la ruta del transporte. El vehículo trató de esquivar la roca pasándose al otro carril por el espacio que dejaba el Audi y la piedra. El remolque con los troncos, dio un coletazo como un gran cocodrilo empujando al auto contra la pared rocosa. Los seguros de las cadenas se abrieron y su cargamento lo arrastró montaña abajo, cediendo el barandal junto al profundo precipicio. El no sintió nada desde el primer golpe.Despertó lúcido e indemne en un piso blanco algodonoso. Jirones de niebla pasaban perezosos a baja altura. Volteó hacia todas direcciones y observó el mismo paisaje blanco. Sin embargo, no sentía frío. Se puso en pié ágilmente y escuchó una especie de carraspeo seguida de una voz senil: ¡Acércate Ricardo, hijo! Y lo vio a unos metros de él. Le recordó al Moisés de Miguel Ángel ó a uno de ésos dibujos de Zeus en el Olimpo. Sus largas y blanquísimas barbas llegaban hasta su pecho. Un semblante que denotaba una infinita sabiduría acompañada de una bondadosa expresión a más de su majestuosa potestad sentado en aquel trono de níveo mármol le daban un aire de divinidad. Su voz, sí, ahora la identificaba, era algo parecida a la de su padre. Yo… -exclamó. -Usted… ¿Dónde estoy? -¿No lo imaginas? -Contestó el personaje. -Iba en mi auto, perdí el conocimiento… eh… no sé, estoy confundido… -¡Vaya! -Dijo el anciano ¡Ya lo creo que no entiendas tu situación! Verás, te lo diré en la forma más directa posible. Ustedes le llaman a esto “El Cielo” y yo… humildemente te lo digo, soy… Dios. ¿Entiendes? -¿Dios, el Cielo? ¿Entonces estoy muerto? –Puede ser que lo estés, muchacho. Respondió Dios. -Bien, dijo Ricardo, -convencido de que todo era un sueño. –Si tú eres Dios, ya sabrás que yo no creo en ti… -Su voz fue bajando de tono a medida que terminaba la frase. ¡Ay hijo!, ¿en verdad creías que no creías? –contestó divertido el venerable Señor. ¡Tú has sido uno de mis mejores propagandistas! ¿Nunca te diste cuenta? Te diré que he seguido con atención todas tus discusiones, tus polémicos escritos contra los que viven comercializando mi imagen y he admirado tu honestidad intelectual, la rectitud de tus intenciones y los valores en que apoyas tu vida. –Espera, espera… -dijo Ricardo. –Primero necesito saber si realmente existes. –¡Já já já ¡–Se carcajeó el Señor en forma estentórea golpeando con fuerza sus rodillas con ambas manos –¡Sí que eres divertido, terco, me agradas mucho! Vamos a ver, hijo ¿Qué quieres que haga para convencerte de que existo? –Acaba con el hambre en el mundo, con la guerra, con la injusticia, con las drogas… -respondió desafiante el joven. –Jójójó ¡Mira, que tenemos aquí a un redentor! –contestó sonriente El Señor –Hijo, mira, tu eres un gran estudioso de la ciencia y sabrás cuales son los procesos que utiliza la Naturaleza, como le dicen los hombres para seleccionar a los más aptos de cada especie. ¿No pensabas en eso al comer un buen filete? ¿Acaso no te dabas cuenta de que era de una vaca que murió para que tú comieras? ¿Y que a su vez ella mató muchos vegetales para alimentarse? Todo, todo lo que has consumido en tu vida ha sido resultado del sacrificio de muchísimas especies, entre ellas tus propios padres, no, hijo, yo no puedo cambiar el curso de las cosas. Soy Todopoderoso, pero intervenir en el Ciclo de la Vida sería lo más injusto que pudiera hacer por mis criaturas. Seguro has leído sobre un naturista que ayudó a una mariposa a salir de su capullo porque sintió compasión hacia ella cuando notó el esfuerzo que hacía para romper su envoltura. Hizo una pequeña rasgadura con una afilada navaja y ¿el resultado? Una débil mariposa de vuelo incierto voló por los aires para ser presa de inmediato por un veloz pájaro que la devoró en un instante. Si aquél amante de la Naturaleza hubiera sido un observador más acucioso, habría notado que tal esfuerzo es necesario para que se fortalezcan las alas y se desarrollen en todo su esplendor. Así que, hijo mío, olvídalo no te daré ese gusto. En lugar de ello te llevaré a un viaje por lo más pequeño que hay. Nos reduciremos de tamaño e iremos al interior de un cuerpo, de una célula, de un átomo, de un electrón y así verás la magnificencia de mi Crea… -¡Todo eso ya lo sé! -atajó Ricardo impaciente. –Lo he leído en revistas científicas. Al final encontraremos que son partículas de energía girando velozmente alrededor de un núcleo. No me dices nada nuevo, algo que yo no sepa, algo que me convenza de que esto no es un simple sueño, o un coma o que sé yo… -Bueno, pues no me dejas más recurso que apelar a tu Fe… -Jájájá, ahora tú me haces reír, Venerable Señor. La Fe es un invento de los curas para conservar el poder de su Iglesia en tu nombre. ¡Una patraña! –Bien –acotó El Señor. –Iremos entonces a lo grande, quiero que veas el Sistema Solar, Las galaxias, cruzaremos a través de ciertos pasadizos intergalácticos, mira, uno de mis hijos predilectos, tú lo conoces, Stephen Hawking ha descubierto muchísimas cosas que explican al entender de los humanos el origen de los astros.-Si, sí Señor y entonces dirás que tu soplo divino echó a andar todo el proceso. ¡Eso es lo que dicen los modernos curas científicos! Y volvemos al punto, sé todo sobre ti y no hay nada que me pueda convencer de tu existencia. ¡Y ni me hables de tu hijo Jesús que enviaste al sacrificio por los hombres, pero que al mismo tiempo eres tú mismo y también ese ente que llaman el Espíritu Santo para confundir aún más a la gente que vive en la incultura, eso que tú llamas Fe! -¡Mira Ricardo! –Sentenció El Señor, me agotas la paciencia. Estoy a punto de convertirme en el Dios colérico que pintan en el Antiguo Testamento. –Se levantó de su trono, dio dos pasos hacia él y lo tomó de la mano suave, pero firmemente -¡Observa! –le dijo apartando unas nubes y dejando ver a una pareja de mediana edad sentados en la banca de un parque. ¡Papá! ¡Mamá! –gritó Ricardo. –No te escuchan, le advirtió el Señor. Hace tiempo son mis huéspedes. Tú sólo tenías 12 años cuando murieron en aquel accidente… Y sí, dirás que fui injusto, pero te repito, yo no gobierno esos actos –Yo, yo quiero estar con ellos –dijo suplicante Ricardo. –No te lo puedo conceder, -le respondió el Señor- ahora regresarás pero te voy a hacer un regalo… -Abrió el Señor una ventana entre las nubes y Ricardo observó caminando por un sendero del parque cercano a su casa a una joven mujer de cabello rubio, alta, esbelta, con rítmico paso y balanceo de caderas, ojos de un azul intenso, su blusa desabotonada en la parte superior dejando asomar unos senos blancos hermosos, que con su cintura, nariz, labios, cejas, formaba un conjunto encantador del que no podía desprender su mirada. Iba empujando una carriola con la bebé más linda que hubiera visto jamás. De otro rumbo del parque llegó él mismo, Ricardo, un poco más robusto, más recio, llevando de la mano un apuesto niño de unos tres años, sonriente, que corrió hacia la bella señora exclamando: ¡Mamá! ¡Mira el globo que me compró mi Papá! Ricardo (el del parque) se acercó a su esposa y le dio un largo beso en sus labios. Por su mente pasó un pensamiento fugaz, una sensación de déjà vu. ¿Esta escena ya la había vivido? Pensó. Se encogió de hombros, la tomó del talle y siguió caminando a su lado. Es tiempo de que vuelvas, Ricardo. En verdad, fue un placer haberte conocido. Sigue siendo como eres, auténtico, honesto y terco… –Le dijo El Señor. Ricardo movió sus manos, tocó y estrujó la sábana, con gran dificultad abrió los ojos y encontró un par de ojos de un azul intenso enfocados en los suyos. Mechones de cabello rubio salían de los lados de su cofia de enfermera. Su boca, su cara toda le era extrañamente familiar. –Ricardo, ¿me escuchas? Decía anhelante. -Si, sí contestó en un susurro Ricardo. El Doctor entró avisado por el llamado de la enfermera e inició el protocolo indicado para alguien que regresa de un coma de tres meses. En los días siguientes platicó largamente con los médicos hasta que ellos se aseguraron que su recuperación física y mental era normal, pero más disfrutó la compañía de Irene, su ángel guardián, la bella enfermera que cuidó de él en toda su postración. Su mente empezó a forjar grandes proyectos y en todos estaba incluida Irene, a quién jamás dejaría.La junta de médicos concluyó que la recuperación de Ricardo era sorprendentemente rápida y que se le podía dar de alta. El doctor Mancilla que había llevado desde el principio su caso, dijo: Sin embargo aún no entiendo cómo describe Ricardo tan fielmente, con tanto detalle, algo que él no pudo haber visto. Cómo quedó el camión atravesado en la carretera, en que posición estaban los troncos desparramados en la escena, el estado de su auto, en donde se estacionó la patrulla y en donde la ambulancia. Dice que él lo vio desde lo alto y no tiene otra explicación para ello.Ricardo, elegante con su frac, salió de la iglesia sonriente acompañado de una de las más hermosas novias que hubieran pasado por ahí. Irene iba sonriente. Le costó un poco de trabajo convencer a Ricardo de casarse por la iglesia, pero al final él cedió y el hecho ya estaba consumado. Sabía que le esperaban muy felices años al lado de éste hombre tan leal, tan honesto, tan generoso. Ricardo alzó los ojos al cielo y pensó, esbozando un gesto de aceptación y agradecimiento: De todos modos, aún tengo mis dudas, Señor…